Ver el almendro en flor

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A una maestra espiritual le pidieron en una conferencia: – Háblanos Marta de tus experiencias de despertar. Ella, franca y con la resolución de una niña, contestó: -No. Nooo. Tras una breve pausa, resolvió: – La luz es de todos. Todos tenemos acceso a la luz.

En palabras bíblicas esto sería: “el hace salir su sol sobre malos y buenos y llover sobre justos e injustos” (Mt 5, 45). Dios, la plenitud está ahí. Está ahí lo veas o no lo veas. Verlo es en todo caso una posibilidad, que se convierte en realidad cuando los ojos del corazón se abren. Ver a Dios colmando la realidad es ver el almendro en flor, aunque estemos en invierno.

Thich Nhat Hahn en El milagro del mindfulness dice:

Cuando la realidad se experimenta en su naturaleza de la perfección suprema, el almendro que quizás haya en el jardín de tu casa revela su naturaleza en una perfecta plenitud. El almendro es, en sí mismo la verdad, la realidad, tu propio yo. De todas las personas que han pasado por tu jardín ¿cuántas de ellas han visto realmente el almendro? El corazón de un artista puede que sea más sensible, por suerte será capaz de ver el almendro con más profundidad que muchas otras personas. Como su corazón está más abierto, se da una cierta comunión entre él y el almendro. Lo que cuenta es tu corazón. Si tu corazón no está cubierto por falsas ideas, podrás entrar en una comunión natural con el árbol. El almendro estará dispuesto a revelarse ante ti en su completa plenitud. Ver el almendro es ver la Vía. Cuando a un maestro zen le pidieron que expresara la maravilla de la realidad, señaló con el dedo un ciprés y dijo: “Mira el ciprés que hay allí”.

Muchas veces nuestra mente se empeña en decirnos que es invierno, que tenemos que tener frío y que los parques están desangelados, sin flores, sin hojas. Pero ¿podemos estar seguros de que es invierno?

Tres respuestas maravillosas

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Hay un cuento de Leon Tolstoi que con sabor a cuento de hadas, nos ayuda a comprender el valor incalculable del momento presente. Es un relato precioso que se puede convertir en práctica vitalizante. Un día más, la sabiduría universal nos ayuda a aterrizar en el aquí y el ahora.

Cierto emperador pensó un día que si se conociera la respuesta a las siguientes tres preguntas, nunca fallaría en ninguna cuestión. Las tres preguntas eran:

¿Cuál es el momento oportuno para hacer cada cosa?

¿Cuál es la gente más importante con la que trabajar?

¿Cuál es la cosa más importante para hacer en todo momento?

El emperador publicó un edicto a través de todo su reino anunciando que cualquiera que pudiera responder a estas tres preguntas recibiría una gran recompensa, y muchos de los que leyeron el edicto emprendieron el camino al palacio; cada uno llevaba una respuesta diferente al emperador.

Las tres preguntas trajeron a la Corte una variedad de respuestas. Unas se basaban en la ciencia, otras en la religión, otras en el aparato militar, otras en las aptitudes humanas…sin embargo ninguna de las respuestas satisfizo al emperador y la recompensa no fue otorgada.

Después de varias noches de reflexión, el emperador resolvió visitar a un ermitaño que vivía en la montaña y del que se decía era un hombre iluminado. El emperador deseó encontrar al ermitaño y preguntarle las tres cosas, aunque sabía que él nunca dejaba la montaña y se sabía que sólo recibía a los pobres, rehusando tener algo que ver con los ricos y poderosos. Así pues el emperador se vistió de simple campesino y ordenó a sus servidores que le aguardaran al pie de la montaña mientras él subía solo a buscar al ermitaño.

Al llegar al lugar donde habitaba el hombre santo, el emperador le halló cavando en el jardín frente a su pequeña cabaña. Cuando el ermitaño vio al extraño, movió su cabeza en señal de saludo y siguió con su trabajo. La labor, obviamente, era dura para él, pues se trataba de un hombre anciano, y cada vez que introducía la pala en la tierra para removerla, la empujaba pesadamente.

El emperador se aproximó a él y le dijo:

—He venido a pedir tu ayuda para tres cuestiones:

¿Cuál es el momento oportuno para hacer cada cosa?

¿Cuál es la gente más importante con la que trabajar?

¿Cuál es la cosa más importante para hacer en todo momento?

El ermitaño le escuchó atentamente pero no respondió. Solamente posó su mano sobre su hombro y luego continuó cavando. El emperador le dijo:

—Debes estar cansado, déjame que te eche una mano.

El eremita le dio las gracias, le pasó la pala al emperador y se sentó en el suelo a descansar.

Después de haber acabado dos surcos, el emperador paró, se volvió al eremita y repitió sus preguntas. El eremita tampoco contestó sino que se levantó y señalando la pala y dijo:

—¿Por qué no descansas ahora? Yo puedo hacerlo de nuevo.

Pero el emperador no le dio la pala y continuó cavando. Pasó una hora, luego otra y finalmente el sol comenzó a ponerse tras las montañas. El emperador dejó la pala y dijo al ermitaño:

—Vine a ver si podías responder a mis tres preguntas, pero si no puedes darme una respuesta, dímelo, para que pueda volverme a mi palacio.

El eremita levantó la cabeza y preguntó al emperador:

—¿Has oído a alguien corriendo por allí?

El emperador volvió la cabeza y de repente ambos vieron a un hombre con una larga barba blanca que salía del bosque. Corría enloquecidamente presionando sus manos contra una herida sangrante en su estómago. El hombre corrió hacia el emperador antes de caer inconsciente al suelo, dónde yació gimiendo. Al rasgar los vestidos del hombre, emperador y ermitaño vieron que el hombre había recibido una profunda cuchillada. El emperador limpió la herida cuidadosamente y luego usó su propia camisa para vendarle, pero la sangre empapó totalmente la venda en unos minutos. Aclaró la camisa y le vendó por segunda vez y continuó haciéndolo hasta que la herida cesó de sangrar.

El herido recuperó la conciencia y pidió un vaso de agua. El emperador corrió hacia el arroyo y trajo un jarro de agua fresca. Mientras tanto se había puesto el sol y el aire de la noche había comenzado a refrescar. El eremita ayudó al emperador a llevar al hombre hasta la cabaña donde le acostaron sobre la cama del ermitaño. El hombre cerró los ojos y se quedó tranquilo. El emperador estaba rendido tras un largo día de subir la montaña y cavar en el jardín y tras apoyarse contra la puerta se quedó dormido. Cuando despertó, el sol asomaba ya sobre las montañas.

Durante un momento olvidó donde estaba y lo que había venido a hacer. Miró hacia la cama y vio al herido, que también miraba confuso a su alrededor; cuando vio al emperador, le miró fijamente y le dijo en un leve suspiro:

—Por favor, perdóneme.

—Pero ¿qué has hecho para que yo deba perdonarte? —preguntó el emperador.

—Tú no me conoces, Majestad, pero yo te conozco a ti. Yo era tu implacable enemigo y había jurado vengarme de ti, porque durante la pasada guerra tú mataste a mi hermano y embargaste mi propiedad. Cuando me informaron de que ibas a venir solo a la montaña para ver al ermitaño decidí sorprenderte en el camino de vuelta para matarte. Pero tras esperar largo rato sin ver signos de ti, dejé mi emboscada para salir a buscarte. Pero en lugar de dar contigo, topé con tus servidores y me reconocieron y me atraparon, haciéndome esta herida. Afortunadamente pude escapar y corrí hasta aquí. Si no te hubiera encontrado seguramente ahora estaría muerto. ¡Yo había intentado matarte, pero en lugar de ello tú has salvado mi vida! Me siento más avergonzado y agradecido de lo que mis palabras pueden expresar. Si vivo, juro que seré tu servidor el resto de mi vida y ordenaré a mis hijos y a mis nietos que hagan lo mismo. Por favor, Majestad, concédeme tu perdón.

El emperador se alegró muchísimo al ver que se había reconciliado fácilmente con su acérrimo enemigo, y no sólo le perdonó sino que le prometió devolverle su propiedad y enviarle a sus propios médicos y servidores para que le atendieran hasta que estuviera completamente restablecido.

Tras ordenar a sus sirvientes que llevaran al hombre a su casa, el emperador volvió a ver al ermitaño. Antes de volver al palacio el emperador quería repetir sus preguntas por última vez; encontró al ermitaño sembrando el terreno que ambos habían cavado el día anterior.

El ermitaño se incorporó y miró al emperador.

—Tus preguntas ya han sido contestadas.

—Pero, ¿cómo? —preguntó el emperador confuso.

—Ayer, si su Majestad no se hubiera compadecido de mi edad y me hubiera ayudado a cavar estos surcos, habría sido atacado por ese hombre en su camino de vuelta. Entonces habría lamentado no haberse quedado conmigo. Por lo tanto el tiempo más importante es el tiempo que pasaste cavando los surcos, la persona más importante era yo mismo y el empeño más importante era el ayudarme a mí…

»Más tarde, cuando el herido corría hacia aquí, el momento más oportuno fue el tiempo que pasaste curando su herida, porque si no le hubieses cuidado habría muerto y habrías perdido la oportunidad de reconciliarte con él. De esta manera, la persona más importante fue él y el objetivo más importante fue curar su herida…

»Recuerda que sólo hay un momento importante y es ahora. El presente es el único momento del que disponemos. La persona más importante es siempre aquella con la que estás, la que está delante de ti, porque ¿quién sabe si tendrás trato con otra persona en el futuro?. El propósito más importante es hacer que esa persona, la que está junto a ti, sea feliz, porque es el único propósito de la vida.

PD: Lo hemos tenido que resumir un poquito pero siempre podéis acudir al original. En todo caso…las respuestas del ermitaño están intactas 🙂

Sé el silencioso capullo de una flor en el seto

Camelia

Un poema que nos regala Thich Nhat Hahn, Butterfly over the field of golden mustard flowers (Mariposa sobre el campo de doradas flores de mostaza”:

Sé el silencioso capullo de una flor en el seto,

sé una sonrisa, una parte de la maravillosa existencia.

Permanece aquí. No tienes por qué partir.

Esta tierra es tan bella como la de nuestra infancia.

Te ruego que no la dañes y sigue cantando.

Si Merton viviera, hoy cumpliría 100 años. Unos días antes de su muerte se encontraba en Polonnaruwa. Allí visitó Gal Vihara y las stupas de un conjunto monacal con varias representaciones de Buda y de su discípulo Ananda. Y escribió en su diario sobre “el silencio de aquellos extraordinarios semblantes. Sus amplias sonrisas. Enormes y a la vez sutiles. Plenas de toda posibilidad, sin preguntar nada, sabiéndolo todo, sin rechazar nada: una paz que procedía […] de quien ya lo ha visto todo”. Eso es lo que vio en ellas, en las figuras silentes pero ¿vio algo en sí mismo? No podría haber sido de otro modo. El observador y el objeto observado son, en realidad, una misma cosa. Y nos cuenta:

Me sentí golpeado por una ráfaga de alivio y agradecimiento ante la evidente claridad de las figuras […] y me sentí proyectado fuera de la visión habitual, medio atada, que tenemos de las cosas, y se hizo evidente y obvia una claridad interior que parecía brotar de una suerte de explosión desde las mismas rocas. […] Todos los problemas han quedado resueltos, cada cosa es clara, simplemente porque lo que importa es claro. La roca, toda la materia y la vida en su totalidad, se encuentran llenas de “dharmakaya”…Todo es vacío y todo es compasión.

Hoy podemos celebrar así el día de su cumpleaños ¿podríamos incluso plantearnos celebrar así cada día? Penetrando en la realidad que es vacío y compasión. Cantando en la tierra del momento presente, en la actitud del silencioso capullo de una flor en el seto.

El anhelo de ser Mar

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En la homilía de la misa de ayer, en la que conmemorábamos la fundación de Císter a cargo de los “tres monjes rebeldes“: San Roberto, San Alberico y San Esteban, el Padre Julio Wais, monje de Sobrado, nos contó un antiguo y jugoso relato:

Erase una vez un hombrecillo de sal que yendo de camino por cálidas regiones y desiertos llegó a la orilla del océano. De pronto, descubrió el mar ante su vista. Nunca lo había visto con anterioridad, por lo que no entendió lo que era.

– ¿Quién eres tú?, preguntó el hombrecillo.

– Soy el mar, respondió el océano.

– Pero, ¿qué es el mar?, siguió preguntando el hombrecillo.

– Yo, repuso el mar.

– No lo entiendo, murmuró para sí con tristeza el hombrecillo… ¿Cómo     podría entenderte? ¡Me gustaría tanto hacerlo!

– Tócame, dijo el mar.

Entonces el hombrecillo tocó tímidamente al mar con la punta de los dedos. Y empezó a entender el misterio del mar. Pero enseguida se dio cuenta de que las puntas de sus dedos se habían desvanecido.

– ¿Qué es lo que has hecho conmigo, mar?

– Me has hecho entrega de algo tuyo para poder entenderme – dijo el mar.

Entonces el hombrecillo empezó a disolverse lenta y suavemente en el mar, como una persona que llevase a cabo el acto más importante de su vida de peregrinación. Conforme iba sumergiéndose en el océano, se hacía cada vez más delgado. Pero en esa misma medida iba también teniendo la sensación de que cada vez entendía mejor al mar. El hombrecillo adelgazaba y adelgazaba, y mientras tanto seguía preguntándose:

– ¿Qué es el mar?

Y entonces, una última ola lo consumió por completo. Pero en este último momento pudo hacer suya la respuesta del mar y decir:

– El mar soy yo.

Bella metáfora de nuestro anhelo profundo: la unidad con Dios. Y enlaza bien con lo que Javier Melloni expresa en su hermoso y lírico libro Sed del Ser, :

Tal es la paradoja de nuestro existir:

somos más

cuanto más a través de nuestro vacío

dejamos ser al Ser.

Renunciando a pretender ser,

somos la ocasión de la transparencia del Mar.

Somos más, cuanto más adelgazamos nuestro yo. Y cuanto menos permitimos que la mente confusa y condicionada arrolle la realidad, más nos abrimos a la diafanidad de lo que es. A su simplicidad. El hombrecillo de sal nos invita a vivir la renuncia que salva. La que verdaderamente nos permite ser en el Ser.

¿A qué huele aquí?

David

Greg Boyle es un jesuita norteamericano que trabaja en el barrio más conflictivo de los Ángeles. Además de atender su parroquia, dirige la institución “Homeboy Industries” cuyo objetivo es ofrecer un futuro a chicos y chicas pertenecientes a bandas criminales. También es autor de un libro: “Tatoos on the heart” (tatuajes en el corazón, el poder de la compasión sin límites).

Desde hacía tiempo, sus feligreses se venían quejando del hedor en la iglesia. El Padre Greg, cada noche, abría el templo para acoger a cientos de “sin techo”. Por las mañanas, los voluntarios se afanaban en dejarlo todo limpio pero, aún así, no conseguían hacer desaparecer los malos olores.

En la misa del domingo, el Padre Greg vio que había llegado el momento de poner la cuestión sobre el tapete y en medio de la homilía, preguntó:

¿A qué os parece que huele la iglesia?

Todo el mundo se quedó cortado y nadie dijo nada, hasta que después de un tiempo, una mujer espetó:

¡Huele a pies!

Y entonces se produjo una batería de preguntas y respuestas entre el Padre y la feligresía:

Padre Greg – ¿Y por qué creéis que huele a pies?

Feligreses – Porque aquí duermen muchos “sin techo” cada noche

Padre Greg – ¿Y por qué dejamos que suceda algo así?

Feligreses – Porque nos hemos comprometido a ello

Padre Greg- ¿Y a quién se le ocurriría comprometerse a algo así?

Feligreses – ¡A Jesús!

Padre Greg – Entonces ¿a qué huele la iglesia ahora?

Feligreses – ¡Huele a compromiso! (muchas sonrisas y carcajadas de alivio) ¡Huele a rosas!

Hoy el evangelio nos dice que acudió a Jesús mucha gente “llevando tullidos, ciegos, lisiados, sordomudos y muchos otros; los echaban a sus pies y el los curaba”.

¿A qué huele el Evangelio? ¡A compromiso!…a tu perfume favorito.

Greg no es el de la foto. El de la foto se llama David. David en Armenteira y con aroma a campo.

La paradoja

La paradoja

John Daily es un ejecutivo del sur del estado de Michigan, en Estados Unidos. En estos momentos su vida se está desmoronando. La relación con su esposa e hijos se deteriora por momentos y el grupo sindical de su empresa le ha convocado una huelga. Él está convencido de que todo lo hace bien ¿de qué se queja su mujer? Viven en una casa maravillosa y se van de vacaciones al menos dos veces al año  ¿y sus empleados? Su estilo de dirección es impecable. ¿Por qué entonces el mundo se ha vuelto contra él?

Por una serie de coincidencias, John decide inscribirse en un cursillo sobre liderazgo que imparte ¡un monje benedictino, en un monasterio!

Acepté a regañadientes ir al monasterio San Juan de la Cruz en la primera semana de octubre, más que nada porque tenía miedo de que Rachael me abandonara si no hacía algo. Mi esposa llevó el coche durante las seis horas de trayecto hacia el monasterio y yo estuve callado casi todo el viaje. Yo ponía mala cara para comunicar que no me sentía nada feliz de ir camino de un aburrido monasterio para pasar allí una semana entera y que sólo por ella me había resuelto a este gran sacrificio personal que tan infeliz me hacía. Lo de poner mala cara era un arma que había empleado desde mi más tierna infancia.

Sorprendentemente el monje que impartirá el cursillo es un antiguo directivo americano citado en la revista Fortune como uno de los quinientos ejecutivos más influyentes. El afamado Lee Hoffman se había convertido en el hermano Simeón.

Los participantes en el cursillo no solo se comprometen activamente con las clases sino que también asisten a los distintos oficios litúrgicos. John, quien al principio se resiste incluso a llamar al monje con el nombre de “hermano” va avanzando paulatinamente, venciendo sus resistencias y asimilando cada vez con mayor asombro un modelo de liderazgo basado en la figura de Jesús de Nazaret y su mensaje: el servicio y el amor.

En el prólogo de “La Paradoja” aparece esta cita:

Las ideas que defiendo no son mías. Las tomé prestadas de Sócrates, se las birlé a Chesterfield, se las robé a Jesús. Y si no os gustan sus ideas ¿las de quien hubierais preferido utilizar?

Según James C. Hunter, autor de este libro de gestión empresarial, se puede dirigir una empresa, se puede liderar un grupo humano invirtiendo los polos. Del poder, al servicio. Y se puede hacer si se pone amor.

Un físico danés,  Niels Bohr dijo que “una verdad superficial es un enunciado cuyo opuesto es falso. Una verdad profunda es un enunciado cuyo opuesto es otra verdad profunda”. Vivir la paradoja sin desconcierto aunque con asombro es…entrar en el Misterio y disfrutarlo.

La historia del navegante que se volvió como un niño

Ninos

“¿Quién es el más importante en el reino de los cielos?” – le preguntan los discípulos a Jesús. Cuando Jesús pone en medio a un niño no deja de mostrar un increíble sentido del humor y una gran capacidad para desconcertar a sus atolondrados discípulos.

Hoy celebramos a los santos ángeles custodios. Jesús, en el Evangelio de Mateo, dice de los pequeños que “sus ángeles están viendo siempre en el cielo el rostro de mi Padre celestial”. Parece que ellos están más cerca de Dios pero Jesús no restringe esa proximidad a un período biológico sino que anima a los que le escuchan a “volverse como niños”.

Sara Maitland en su estimulante libro “Viaje al silencio” relata la experiencia del marino Bernard Moitessier que, independiente de la edad que tuviera entonces, redescubrió en sí mismo una nueva  infancia:

Mientras navegaba por la costa meridional de Australia, Moitessier refiere un extraordinario encuentro con un banco de unas cien marsopas. No actuaban como suelen actuar estos animales, sino que parecían “nerviosas” y “agitadas”. Un grupo de marsopas se alejaba rápidamente, siempre a la derecha, en formación militar, y a continuación regresaba al punto de partida para repetir la misma maniobra. Moitessier las estuvo observando, fascinado y desconcertado, hasta que por casualidad miró la brújula y vio que el  Joshua (su barco) había cambiado el rumbo al rolar el viento, y se acercaba derecho a Stewart Island, un farallón de roca en el que podría haber encallado. En cuanto fijó un rumbo seguro, las marsopas parecieron “celebrarlo” y se esfumaron:

“Es la primera vez que siento tanta paz, una paz que se ha convertido en certeza y no puede explicarse, como la fe. […] Todo el mar está cantando de una manera que jamás había oído, y su canto me llena de algo que es a la vez pregunta y respuesta […]. Rodearé el cabo de Hornos gracias a las marsopas y a los cuentos de hadas, que me ayudaron a redescubrir el Tiempo de los Orígenes, en el que todo es sencillo […] Libre a la derecha, libre a la izquierda, libre en todas partes”.

La vida del niño, habitualmente, y la vida del adulto que se ha vuelto niño es parecida en esencia. Todo es sencillo…libre en todas partes. La advertencia de Jesús es, como siempre, muy sustanciosa.

La comunidad. Lugar de perdón y de la fiesta

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Ese es el título del conocido libro de Jean Vanier, fundador de las Comunidades de “El Arca”. ¿Y qué nos sugiere?…

Esta semana ha sido muy especial para nosotras. Monjas de la comunidad “madre” del Monasterio de Alloz  y de la comunidad “hermana” del monasterio de Nuestra Señora de la Paz de La Palma se han reunido con nosotras en Armenteira para celebrar estos 25 años de vida de nuestra pequeña comunidad.

La vida que anima a las comunidades se refleja en que a la hermana Angelita de La Palma, no le importó demasiado subirse a una escalera para improvisar un toldo. Taladro en mano, hizo un excelente trabajo!

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La comunidad nos puede ayudar a ser plenamente humanos, humanas.

Jean Vanier nos invita a observar la tensión entre nuestra necesidad de ser los mejores ejerciendo todo tipo de control y entre nuestro deseo de aprender a vivir en paz con nuestras imperfecciones y con las de los demás.  Allí donde la modernidad privilegia el progreso y la perfección, Jean Vanier nos invita a poner atención en aquellos aspectos inherentes a la naturaleza humana, sumamente importantes pero muy a menudo olvidados, que son la imperfección y la fragilidad.

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Si sacamos a la luz el carácter universal y central de la fragilidad que compartimos todos y todas sin excepción, podremos ir más allá de nuestras diferencias y encontrarnos en una misma humanidad.  “Los débiles enseñan a los fuertes a aceptar e integrar su debilidad e incluso sus fracturas emocionales en su propia vida”.  No llegamos a desarrollar plenamente nuestro potencial más que cuando somos recibidos tal y como somos, con nuestros dones, sí, pero también con nuestras flaquezas.

La hermana Lourdes se subió a un árbol para atar un cabo del toldo. Nuestras comidas nunca son “a mesa puesta” y siempre requieren una alta capacidad de coordinación y colaboración! Es algo a lo que te acabas acostumbrando…y disfrutando.

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La intuición central que está en el corazón de El Arca tiene sus raíces en las relaciones de mutualidad en donde la persona mas frágil es la que permite a los dos participantes de dicha relación, descubrir su humanidad común. 

Así, Jean Vanier designa a la debilidad como un don y una oportunidad.  La debilidad se transforma en una fuerza de atracción que nos reúne y que crea, por ejemplo, la solidaridad alrededor de una persona herida y que necesita ayuda. 

La vulnerabilidad puede empujar a las personas a dar más de ellas mismas, a abrirse  y  a revelar sus propias imperfecciones. 

En contraste, la fuerza o la excelencia, muy a menudo impresionantes, tienden a dividir ya que incitan a la competencia y al temor de no estar a la altura. 

“Siempre me ha sorprendido ver cómo el compartir nuestras debilidades y nuestras dificultades nos proporciona mucha más alegría que el compartir nuestras cualidades y nuestros éxitos”, nos dice Jean Vanier.

Juan María y la Madre Martina celebran este inusual encuentro bajo un original toldo.

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Estar adecuadamente al servicio de los otros, exige ir mas allá de la caridad y de la simple tolerancia.  La arrogancia se trasluce siempre en todos aquellos casos en donde la pretensión desmesurada del que brinda la ayuda lo hace percibirse a sí mismo como superior y distinto de aquel al que sirve.  Él sabe por experiencia propia que la ayuda que está animada por un sentimiento común de solidaridad y de humanidad  tiene mejor gusto que aquella que nace del deber ser.

Aprovechamos la “xuntanza” para celebrar también el cumpleaños de la hermana Mari Carmen. Es bonito cumplir años y sonreír.

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“Cada criatura, cada ser humano por más frágil y vulnerable que sea, tiene la necesidad innata de experimentar que puede ser fuente de alegría, que su existencia tiene derecho a ser celebrada”. Jean Vanier nos sugiere que es solamente a través de estas manifestaciones de aceptación total que “la imagen negativa que tenemos de nosotros mismo tendrá la ocasión de transformarse”.  Es de esta forma como él alienta la fidelidad a esa presencia: a través de la expresión cotidiana de pequeños gestos de amor, de aceptación, de perdón.

La hermana Angelita se merece llevar dos sombreros…¡y los que ella quiera!

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Los cuidados rutinarios no deben hacernos olvidar que el fin primero del servicio es “el apoyo atento que permite al otro hacerse libre”.  Bien entendido esto no significa que las necesidades o las discapacidades vayan a desaparecer sino más bien que una persona no deberá sentirse prisionera de sus necesidades o eternamente en deuda hacia los otros.

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Jean Vanier no acepta que nos resignemos a los miedos primitivos e instintivos que nos habitan  y quiere más bien cultivar las apasionantes posibilidades que se nos presentan a través de la diferencia, con la finalidad de alentar el deseo de apertura no por imposición, sino por opción propia.  Vanier está convencido de que el amor puede hacer del poder una fuerza que engendre la vida, en vez de una fuerza destructiva.   “Dios no nos llama a realizar hechos extraordinarios sino a hacer cosas ordinarias con un amor extraordinario”,  nos dice él.

La hermana Ángeles, con sus 93 años es un ejemplo de esta sencillez luminosa…

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Cuando las personas marginalizadas son acogidas con amor y amistad, sus dones adquieren un potencial de curación personal e interpersonal a la vez que refuerzan la unidad.  La transformación es mutua y la persona más frágil es de esta manera fortificada en su capacidad de resiliencia y en su autoestima.

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“La única manera en la que podremos vivir plenamente en esta comunidad humana  es irguiéndonos con toda nuestra fragilidad y nuestro sufrimiento con el fin de abrirnos a los otros y no quedándonos encerrados en nosotros mismos”.

¿Puede tu comunidad, tu familia aceptar la vulnerabilidad? Solo así…solo así la vida comunitaria puede convertirse en una fiesta. Aprendamos a honrar la fragilidad…comenzando por hoy.

In corde profetica expectatio

 

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Con ocasión de la profesión temporal de la hermana Leire, Juan María de la Torre pronunció unas sabias palabras que siguen sonando refrescantes: La vida monástica, la angelica conversatio que dirían los medievales, se podría resumir en tres palabras, in corde profetica expectatio. O eso dice San Bernardo en su Tratado sobre el precepto y la dispensa.

La verdad es que celebrar la eucaristía en la iglesia monumental de las Huelgas propicia mucho la angelica conversatio. La solemnidad del lugar…te traslada a un no-lugar…¿será ahí donde viven los ángeles?

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In corde profetica expectatio…una expectación profética en el corazón…que comienza por el corazón. Pero ¿qué es el corazón? La identidad de la persona que ha recibido una especie de sobredosis de vida en el bautismo. La vida monástica es como un segundo bautismo: la ratificación de la vida de Cristo en nosotros.

Y eso nos hace sonreír…

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Photismos: iluminación…revestimiento de los vestidos luminosos de Cristo en nosotros. Cristo nos va sacando de nuestras tinieblas y nos va llevando al reino de la luz.

Katty, Claudia y Brígida…así lo expresan.

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La identidad de Cristo en nosotros es un sello luminoso. Es la luz en el fondo de nuestro corazón. Sin embargo esta luz está envuelta en niebla que puede llegar a ahogar nuestra propia identidad. La niebla o calima la tenemos que ir disipando a lo largo de nuestra vida.

…y el claustro es ese espacio de luz y sombra…de claridad y oscuridad…expresión del combate que humaniza.

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San Benito en la Regla habla al final del prólogo de la dilatación del corazón, habla de que se corre por la vida monástica con paciencia hasta alcanzar las promesas del Reino. La última palabra de la Regla dice pervenies..llegarás..a alcanzar esa plenitud de luz. La vida monástica viene a refrendar todo esto.

Gerardo Díaz, profesor universitario de la Antonio de Nebrija, nos hizo vibrar a todos durante su exposición sobre la ética y la estética. Habitar en un monasterio es conformarnos con ese kalós griego…la vitalización de la belleza y la bondad.

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¿Y la expectatio? Expectación…ver y extraer…ver de antemano…ver lo que está más allá, ahora ya contemplar las realidades últimas o trascendentes…A los profetas se les llamaba los videntes…Primitivamente, recordando a los profetas Elías y Eliseo, a los novicios se les echaba el manto (el hábito), como símbolo de incorporación en la vida monástica. Lo mismo que Elías se desprendió del manto y Eliseo fue así constituido en profeta. Así era… en origen.

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Es verdad que la vida monástica tiene muy pocas compensaciones humanas…ascesis como medio para centrarnos en lo único importante necesario: la dilatación del corazón y la vestimenta luminosa. Es la línea de purificación…

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Bernardo habla de la expectación como un olor…olor de las realidades trascendentes que nos provoca una gran alegría, expresión de la felicidad.

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La felicidad…los budistas tienen una doble expresión para hablar de la felicidad y la infelicidad. Sukha y dukkha. Sukha…lo importante es el esclarecimiento del corazón humano, superar todos los conflictos hasta llegar a la iluminación. Es el caso de San Benito…superados los siete conflictos, al morir Germán, su buen amigo, tuvo una visión: todo el universo concentrado en un solo rayo. Todas las realidades de este mundo iluminadas.

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El Dalai Lama escribió un libro con una intuición parecida a la de Benito: “el universo en un solo átomo”. A través de la contemplación de la vida monástica, a medida que se dilata el corazón, nos adentramos en un conocimiento amoroso de la realidad, de las cosas tal como son. Esa es la felicidad…sukha…y se va descubriendo en una peregrinación que dura toda la vida.

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También, la resplandeciente Etty Hillesum escribió:

He sufrido mil muertes en mil campos de concentración. Estoy al corriente de todo. Ninguna información nueva me angustia ya. De alguna u otra forma lo sé todo y sin embargo la vida me parece hermosa y llena de sentido en todos  y cada uno de los instantes.

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Sí...sukkha, esa dilatación del corazón, va acompañada de una disminución del poder de los acontecimientos externos sobre nosotros. De un espacio interno que lo incorpora todo y todo lo transforma.

El pendón de la batalla de las Navas de Tolosa estuvo una vez en manos del califa almohade An-Nasir…y fue remendado durante los siglos por las monjas de las Huelgas ¿no es hermoso?

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Todos tenemos un corazón que tiene que dilatarse más…y todos participamos de esta in corde profetica expectatio…porque la vida monástica como arquetipo nos pertenece a todos..monjes…monos…el uno.

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Todos debemos esclarecer el germen de luz, el vestido luminoso al que se refería Gregorio de Nisa…el sello por el que hemos sido marcados por Cristo el Señor.

Y para que conste que también vamos a clase, una foto para la inmortalidad. La formación, de hecho, también nos ayuda fuertemente, a ese esclarecimiento…a reencontrarnos con nuestra verdad.

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Necesitamos redescubrir nuestra expresión de pertenencia, nuestra dignidad: “sois escritura de Cristo” dice Pablo en la Cartas a los corintios. El sello da validez a lo escrito…y ese sello somos nosotros.

La carita del león que es pie de una de las sepulturas reales del Monasterio, parece atestiguar que esa felicidad a la que hemos sido llamados, es posible porque es real. Nuestra verdadera Realidad.

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El mundo…pudo llegar hasta él

 

silencio

Cuenta la monja tibetana Pema Chödron:

“En una ocasión asistí a una conferencia sobre la experiencia espiritual que vivió un hombre en India durante la década de los sesenta. Nos contó que estaba absolutamente dispuesto a librarse de sus emociones negativas: luchaba contra la ira y la lujuria, luchaba contra la pereza y el orgullo, pero sobre todo quería liberarse del miedo. Su profesor de meditación le decía una y otra vez que dejase de luchar, pero él consideraba que aquello no era más que otra manera de explicarle cómo superar los obstáculos.

Finalmente, el profesor lo envió a meditar en una pequeña cabaña al pie de las montañas. El cerró la puerta y se dispuso a comenzar con la práctica. Al llegar la noche, encendió tres pequeñas velas. Hacia medianoche oyó un ruido en una esquina de la habitación y en la oscuridad pudo distinguir una gran serpiente. Estaba justo delante de él, balanceándose, y le miraba como una cobra real. Estuvo toda la noche totalmente alerta, manteniendo los ojos en la serpiente: tenía tanto miedo que no podía ni moverse. Sólo estaban él, la serpiente y su miedo.

Justo antes del amanecer se apagó la última vela y él empezó a llorar, pero no lloraba de desesperación sino de ternura. Sintió el anhelo de todas las personas y animales del mundo; conoció su lucha y su alienación. Todas sus meditaciones no habían sido más que lucha y separación.

Entonces aceptó —verdaderamente aceptó de todo corazón— que era iracundo y celoso, que se resistía y luchaba, y que tenía miedo. También aceptó que era un ser precioso más allá de toda medida: sabio y estúpido, rico y pobre, y totalmente insondable. Se sentía tan agradecido que se levantó en medio de la oscuridad total, caminó hacia la serpiente y le hizo una reverencia. A continuación se tumbó en el suelo y se quedó profundamente dormido. Cuando despertó, la serpiente había desaparecido. Nunca supo si se lo había imaginado o si realmente había sucedido, pero no parecía importarle mucho. Como dijo al final de la conferencia, el contacto íntimo con el miedo hizo que sus dramas personales se colapsaran, y finalmente el mundo que le rodeaba pudo llegar hasta él”.

Este tiempo de Cuaresma…¿no será la cueva en la que por fin se desvanecen nuestras pesadas luchas y logramos hacer una reverencia, con elegancia y suavidad, a nuestros peores miedos? ¿No fue esa la experiencia de Jesús de Nazaret?

Respira y sonríe.

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