La rusticidad…un valor en alza!

Hoy, que desgraciadamente el trabajo es un bien tan escaso y que en muchas ocasiones, sobre todo en los países emergentes, es un medio de explotación, de abuso hacia los más desprotegidos de la sociedad, resuenan con energía y sentido las palabras que Bernardo de Claraval dirigía a Elredo de Rieval…no es el tipo de trabajo lo que dignifica al ser humano sino que es la calidad de la persona la que dignifica el trabajo.

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En el monasterio realizamos todos tipo de trabajos en la medida de las capacidades de cada hermana. Producimos jabón artesanal, atendemos la portería y la hospedería, cultivamos nuestra huerta ecológica, mantenemos los jardines, cosemos, fregamos, barremos, planchamos…y le damos de comer a Cuca, la gatita. Lo cierto es que cisterciense, pobre y rústico viene a ser una misma cosa. Por ejemplo, cuando los medievales trataban de ensalzar la santidad de Alejandro de Foigny, príncipe escocés, se destacará su destreza en ordeñar vacas y fabricar quesos. La profunda vida en Dios del bienaventurado Haimón de Landacop, monje de Savigny, armoniza la sublime ciencia espiritual con el cargo de porquerizo en su monasterio.

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Es que la rusticidad cisterciense, dice el monje Juan María de la Torre, es un despojo de a superfluidad, de la fachada que desfigura, la simplicidad del ser humano. Facilita el camino de la autenticidad interior en cuanto imagen de Dios….este es un peculiar humanismo…un humanismo rústico.

Sí…la rusticidad de una vida sencilla, en plena naturaleza, rompe ciertas corazas de nuestro acomodamiento occidental y…deja asomar una gran sonrisa.

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Sin salir de casa

 

Sin salir de casa…es el título que ha dado Mari Paz López Santos, laica cisterciense del Monasterio de Santa María de Huerta, a su visión de la vida monástica como valor actual y accesible a los laicos del siglo XXI, y que compartió en una mesa redonda durante las jornadas de la Semana de Estudios Monásticos celebrada en Salamanca los días 3 a 6 de septiembre.

Nos lo cuenta ella misma, el tema de las jornadas: “La vida monástica como sabiduría que integra lo antiguo y lo nuevo”. Buen tema.

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Hay algo nuevo que viene sucediendo hace ya tiempo: la llegada de muchos laicos a los monasterios para pasar unos días en las hospederías y poder reposar del bullicio, el ruido, las prisas y el sinsentido del mundo. En la Mesa Redonda “Apertura a los laicos” programada dentro de la Semana, se invitó a siete laicos y laicas, relacionados con diferentes monasterios, a departir ante un auditorio de monjes y monjas benedictinos y cistercienses.

Había preguntas flotando en el ambiente, del lado de los monjes: ¿Qué buscan los laicos cuando se acercan a los monasterios? ¿Por qué atrae la vida monástica al mundo del siglo XXI?

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Había también preguntas en el aire del lado de los laicos: Nos acercamos a los monasterios buscando… ¿qué? ¿a quién? ¿a nosotros mismos?. Nos acercamos a los monasterios…¿huyendo del mundo en que vivimos?. ¿Nos acercamos a los monasterios con la intuición de recuperar algo que perdimos por el camino de la vida y pensamos que allí sigue estando vigente?. ¿Nos acercamos a los monasterios buscando a Dios aún sin saberlo claramente?

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El desconocimiento de la vida monástica para los que vivimos al otro lado de los claustros es casi total, hasta que un día tus pies se ponen en camino y, sin saber muy bien porqué, llegas a un monasterio descubriendo que allí hay algo para tu vida de laica o laico en el mundo. No sabías que el mensaje del SILENCIO fuera para ti; que la SOLEDAD es necesaria para el sosiego y la paz interior; que la ACOGIDA “como si del mismo Cristo se tratara” según prescribe San Benito en su Regla a los monjes (RB 53) se convierte en una sorpresa primero, y en gratitud después, al percibir que eres bienvenido vengas como vengas; que en la ORACIÓN con la comunidad, desgranando salmos y cánticos, dejando que calen sin oposición o que pasen de largo por no entender sus palabras arcaicas, te adentras en el fluido de la oración del creyente de todos los tiempos; el TRABAJO vivido desde una dimensión humana en contraste con lo que se sufre en el mundo exterior, parece algo exótico; la SENCILLEZ DE VIDA que deja caer sin contemplaciones tantas cosas superfluas que habitualmente nos parecen de primera necesidad en nuestros hábitos consumistas; en la LECTIO (meditación de la Palabra) la rumia de un versículo o de una palabra del texto, adentra en la comprensión desde el corazón del susurro del mensaje de Dios para ti y para el mundo. Debería seguir, pero esto hay que experimentarlo.

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Creo, hermanos monjes y monjas, que desde los claustros, cuidando la tradición, es decir, manteniendo vivos y actualizados los valores de la vida monástica; y atentos a los signos de los tiempos, sabiendo integrar con sabiduría y confianza en Dios, “lo antiguo y lo nuevo”; con el Evangelio en una mano (Mt 13, 52) y la Regla de San Benito en la otra (RB 64,9) comprenderéis que en este tiempo que vivimos, tenéis una misión profética, evangelizadora y pastoral…sin salir de casa.

 

Etty y el jabón

 

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Desde muy temprano por la mañana hemos comenzado a elaborar el jabón de rosa mosqueta, Etty. Es una de las novedades que hemos lanzado este año y ya hemos agotado las existencias. En un mes, el tiempo necesario para el secado del jabón de aceites, estará de nuevo a la venta.

Lo hemos bautizado así, Etty, en honor a Etty Hillesum: mujer, judía y mística holandesa que murió atrozmente, como tantos otros, en el campo de concentración de Westerbork.

¿Qué nos dice Etty? Sus palabras tienen una enorme resonancia de libertad, fidelidad a si misma y confianza en la vida: “…estoy dispuesta a dar testimonio hasta la muerte, en cualquier situación, de que la vida es bella y tiene sentido, y que no es de Dios la culpa de que las cosas sean como son, sino de nosotros mismos…”

Nos gusta encontrarnos con su nombre, con su recuerdo como mensaje perenne evocado en una simple pastilla de jabón.

Icono de vaciamiento

Evangelio de Lucas 13, 22-30

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“Vendrán de Oriente y Occidente, del Norte y del Sur y se sentarán a la mesa en el reino de Dios”. Muchos judíos no supieron abrirse a la novedad de Jesús; no supieron reconocer en él, como sí hizo Natanael, al ser manifestado de Dios. Se habían auto-clausurado en un marco muy estrecho de creencias fuera de las cuales no podían reconocer ningún signo de Vida. Nosotros tampoco estamos exentos del peligro de minimizar a Cristo Jesús, el inabarcable e incircunscribible, a una serie de dogmas rígidos que nos cieguen la visión de otras manifestaciones de Dios que puedan darse fuera de las categorías aprendidas.

Dice Javier Melloni, jesuita involucrado en el diálogo interreligioso: “Cristo Jesús es el icono de un doble vaciamiento: de lo divino en lo humano y de lo humano en lo divino. Esta revelación no puede convertirse en un mensaje exclusivista sino de esclarecimiento: allí donde hay donación, hay revelación de Dios, manifestación de la Realidad última que hace que todas las cosas sean.”

 

Un exquisito bocado

 

“Amarás…Dios…corazón…alma…ser…prójimo…ti mismo” Mt 22, 34-40. El mensaje de hoy es tan inabarcable que al leer este pasaje del Evangelio nos convendría realizar pausas entre las palabras, pronunciarlas despacio, respirando en cada sílaba.

Una lectura no racional sino casi corporal, digestiva. Dejar que las palabras se saboreen en el paladar del corazón, como expresa San Bernardo en sus sermones sobre el Cantar de los Cantares. Y aunque no sepamos latín podemos incluso penetrar esta indicación con la musicalidad que dan los textos originales sapor in palato, in corde est sapienti…El alma que rumia la Palabra, como las vacas la hierba de los prados, aprende a interiorizar el misterio que se esconde tras ella ¿son solo palabras?

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Mediante la maceración del Evangelio en el interior, la Palabra misma, el Verbo, comienza a instruirnos en la sabiduría dejándonos un poso de dulzura. Es la dulzura-experiencia que supone una transformación progresiva del corazón. Como dice el salmista: “gustad y ved que bueno es el Señor”.

 

Bernardo y las vacaciones

 

San Bernardo de Claraval, cuya fiesta celebramos hoy,  no admitía que se actuara por costumbre, madre de la mediocridad. Dice Jean Leclercq, un gran estudioso de su figura: “Bernardo quiere que se esté animado por un dinamismo continuamente renovado, que hace a las personas eternamente jóvenes, ágiles, evolutivas”.

 

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Y sigue: “La costumbre nos insensibiliza poco a poco a las llamadas estimulantes de Dios, fuente inagotable de juventud”. Es cierto, nuestras muchas inercias y programaciones nos hacen desconectarnos del sentido profundo de la vida. No de la vida como un concepto filosófico sino como “eso” que está sucediendo precisamente ahora. Bernardo nos invita a respirar a pleno pulmón, a vivir con reposo y con holgura.

En el Císter estamos de fiesta. Pero aún hay más, dice él: decídete a vivir una fiesta interior con él (Cristo) ad ferias quas tibi suadeo…tomándote unas vacaciones para la reflexión ad vacandum considerationi.

 

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