Un antes y un después

 

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Miguel Ángel llegó hace muchos años al Monasterio de Oseira. Llamó a la puerta y entró. Quería descubrir si su camino era el monástico. La vida le ha demostrado que sí pero no como monje sino como hombre casado y padre, como profesional y como miembro activo de las comunidades de base. Desde aquella visita “ya nada fue igual”.

Es amigo y visitante habitual de los monasterios por los que pasa…uno de ellos, Armenteira. Tuvimos la suerte de contar con su presencia y con la de Marisa hace algo más de un mes. Pero todo empezó…un tiempo antes:

Por algún artículo que leí de Paula Téllez en alguna web o en facebook, la incluí entre mis contactos y empecé a comunicarme con ella. La enviaba artículos míos o bienaventuranzas, de las que me decía que las compartía en la oración de la comunidad o en algún congreso monástico. Luego algunos amigos y amigas me hablaban de su estancia en Armenteira, de la apertura de la comunidad y no paré hasta visitar la comunidad a principios de febrero.

He visto, a través de las reflexiones del blog, la búsqueda de esta comunidad por ir encarnando el ideal monástico, y cisterciense en lo concreto de la realidad, las necesidades y preocupaciones del mundo actual. Como parte de una Iglesia, comunidad de comunidades, sencilla, pobre entre los pobres, alegre, comprometida, en frontera. Como las primeras monjas y monjes del desierto.

Otro rasgo que destaca (Paula me lo confirmó) es la vivencia y la mirada feminista desde este reto monástico. Yo creo que puede aglutinar a buena cantidad de mujeres a su alrededor, preocupadas y comprometidas contra la violencia, la marginación, el desprecio, la desigualdad de la mujer en la sociedad y en la Iglesia. Ojalá se mantenga y se reafirme esta línea, vivida por muchas hermanas cistercienses y de otras órdenes monásticas, a lo largo de la historia, desde la realidad concreta de su tiempo.

Lo que resplandece en Armenteira es la simplicidad, la austeridad gozosa, el reciclaje de todo, la oración sencilla y profunda, la amabilidad y la acogida. Desde el principio te sientes como en casa. Incluso en el hecho de hacerte la cama o en el poner y recoger la mesa. Lourdes o Paula están pendientes de ti, charlan de lo divino y lo humano, desbordan humanidad, alegría, naturalidad, sin tiempo. Algo de agradecer en estos momentos que estamos viviendo.

He disfrutado enormemente de los ratos de oración litúrgica, del silencio del monasterio, de la naturaleza desbordante. El paseo que hicimos Marisa y yo por la ruta de la piedra y del agua nos dejó maravillados. Y, al comienzo y al final del día, es un espectáculo fascinante, que adentra en el misterio de la fe y de la vida, el pasear tranquilamente por el único y bello claustro que conduce a la capilla.

Estos días de silencio, de oración y charla amistosa y fraterna, para la gente que venimos de la gran ciudad del asfalto y la prisa, no se pueden pagar con dinero, sino con una profundización en la amistad, en el compartir lo que sientes y vives, en el deseo de volver en cuanto las obligaciones diarias me dejen un resquicio en la agenda. Y no dudéis que volveré cualquier día que necesite respirar de nuevo el aire puro de Armenteira, para seguir bregando después con más animo en el día a día por el Reino, es decir, por un mundo mejor, más fraterno y justo.

Miguel Ángel no se fue sin antes lanzarnos una pregunta que no solo nosotras, sino todos los que os sentís vinculados al camino monástico, podemos ayudar a contestar:

¿Cómo tendría que vivirse y renovarse el carisma monástico y cisterciense para ser fermento y semilla en nuestra sociedad actual?

Mmmm….sin duda, no es el único que se pregunta esto 🙂

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