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En el marco de la alegría pascual nos llega la historia de “El arpa del maestro Figueredo” del escritor uruguayo Eduardo Galeano, recientemente fallecido, que dice así

No había fiesta en el llano ni baile joropo sin el arpa mágica del maestro Figueredo.

Sus dedos acariciaban las cuerdas y se prendía la alegría y brotaba incontenible el ancho río de su risa prodigiosa.

Se la pasaba de pueblo en pueblo, anunciando y posibilitando la fiesta. El, sus mulas y su arpa, por los infinitos caminos del llano.

Una noche, tenía que cruzar un morichal espeso y allí lo esperaban los bandidos. Lo asaltaron, lo golpearon salvajemente hasta dejarlo por muerto y se llevaron las mulas y el arpa.

A la mañana siguiente, pasaron por allí unos arrieros y encontraron al maestro Figueredo cubierto de moratones y de sangre. Estaba vivo, pero en muy mal estado.

Casi no podía hablar. Hizo un increíble esfuerzo y llegó a balbucear con unos labios entumecidos e hinchados: “Me robaron las mulas”. Volvió a hundirse en un silencio que dolía y, tras una larga pausa, logró empujar hacia sus labios destrozados una nueva queja: “Me robaron el arpa”. Al rato, y cuando parecía que no iba a decir nada más, empezó a reír. Era una risa profunda y fresca que, inexplicablemente salía de ese rostro desollado.

Y en medio de la risa, el maestro Figueredo logró decir: ¡Pero no me robaron la música!”.

Haz un segundo de silencio y podrás escuchar la música dentro de ti.

La alegría es decir sí, allí donde, sin embargo, hay tantas cosas reprobables ( J.B. Metz)