Hoy toda la Orden del Císter está de fiesta, al celebrar  a Nuestros Padres Fundadores, Roberto, Alberico y Esteban. Este último, Esteban Harding, fue un enamorado de las letras y se preocupó de conseguir una traducción, lo más fidedigna posible de la Biblia, a la que se llamó Veritas hebraica. Quería hacer realidad que los monjes rezasen con un solo corazón y una sola alma, y para ello era necesario utilizar una única versión en todas las abadías hijas. También manifestó un gran celo por la copia de manuscritos, que en Císter se enriquecieron con bellas miniaturas policromadas, hasta que San Bernardo, en nombre de la simplicidad y pobreza cistercienses, ordenó que fueran más sencillas y a un solo color. El abad Esteban se interesó asimismo, por la ejecución del canto en la Liturgia, buscando las tonalidades  más puras para los salmos, pero aquí no acertó.

Sabemos que en la Edad Media, la riqueza de un monasterio se medía por sus tierras y sus libros. Los códices eran objetos de valor, muy preciados, pues era muy laboriosa la tarea de copiarlos. Era un oficio muy arduo, se necesitaban medios económicos, técnica y sobre todo, paciencia y quietud. En el Capítulo General de 1134, se pide en todos los monasterios de la Orden, el mismo silencio en el scriptorium que en el  claustro, pues el arte de los manuscritos era una función sagrada y litúrgica. El claustro es el deambulatorio del Espíritu, donde resuena su voz y en el escritorio, transcribiendo y multiplicando libros, el alma se nutre en un auténtico ejercicio de alimento espiritual.

Los valiosos  textos sagrados que se utilizaban para la lectio y el Oficio Divino, se guardaban en un armario (armarium) situado en el claustro, en el ala de la iglesia. La más de las veces era un hueco en la piedra, pues los ejemplares no eran muchos, pero constituían las “armas” de los monjes. Según reza el adagio latino: claustrum sine armario, castrum sine armamento. Los soldados romanos guardaban el armamento en el armario de sus campamentos como los monjes los códices en el suyo.

Veneremos hoy, todo este legado de vida y fe que nos han dejado Nuestros Fundadores, recordando que el Libro por excelencia es Cristo. Así nos lo cuenta Isaac de Stella, monje cisterciense de la segunda generación:

El verdadero Verbo se hizo carne; Cristo deviene un libro también para nosotras (…) El propio Verbo santo, al que los bienaventurados ojos de los Apóstoles vieron en la carne, tocaron con sus manos, hoy está con nosotras, visible en la letra, palpable en el misterio. Más si en la carne se alejó, permanece en cambio en la letra (…) El texto del Santo Evangelio sea como la presencia corporal del Verbo visible (Sermón Iº para el primer domingo después de la octava de Epifanía)