Música y silencio

 

Matilde

Hoy celebramos la memoria de Santa Matilde de Hackeborn. En la comunidad femenina cisterciense de Helfta, en Alemania, en el s. XIII, de la que formaba parte Matilde, se podía saborear una atmósfera de música y silencio. De ambas brotaba una sabiduría humana, que motivaba a las hermanas a penetrar los misterios divinos. Eso es lo que pretendía su dinámica abadesa , Gertrudis de Hackeborn. De ella se cuenta:

Leía la Sagrada Escritura cuanto le era posible con gran atención y admirable gozo, exigía a sus súbditas amar las lecturas sagradas y recitarlas de memoria. Compraba para la comunidad cuantos libros buenos podía o los hacía trascribir por las hermanas (en el escritorio de Helfta). Promovía con gran empeño el progreso de las jovencitas por el estudio de las artes liberales, pues decía. “Si se descuida el interés por la ciencia no comprenderán la divina Escritura y caería por tierra la misma vida religiosa”. Por ello obligaba insistentemente a las jóvenes menos instruidas a dedicarse con más empeño al aprendizaje y les proveía de maestras.

Matilde,  estaba dotada de un gran don para la música y se la representa con un atril y un libro. Entró en el monasterio a los siete años y su hermana, la abadesa Gertrudis de Hackeborn, la nombró maestra del coro, y también era la encargada de la formación de las novicias y del colegio de niñas que había en el monasterio. Aquí entraría a la edad de cinco años, Gertrudis la Magna, y entre ella y Matilde, nacería una relación tan íntima, que se podría decir de ellas que tenían un solo corazón y una sola alma.

El refectorio de Helfta estaba decorado con la figura de la Sabiduría de una de las visones de Hildegarda de Bingen. Es la silueta de una mujer vestida con una túnica toda cubierta de ojos, como decía hoy la primera lectura de la eucaristía: había cuatro seres vivientes con ojos por delante y por detrás (…), con ojos por dentro y por fuera (Ap4,6-8 ). En la Edad Media,ellas practicaban el difícil arte de copistas, cultivaban el estudio de la Sagrada Escritura, del latín y del griego , de la pintura, de la música, la liturgia y la oración personal,…..y todo ello les llevaba a experimentar una viva presencia de Dios y una entretejida vida fraterna.

En el simpático libro de C.S. Lewis, Cartas de un diablo a su sobrino, cuenta que el infierno está invadido por el ruido y que la música y el silencio le dan alergia. ¡Ni que hubiera leído a Matilde!

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