Merton, Ramón, la lluvia y la puritas cordis

Ramon

Los truenos y relámpagos nos han acompañado estos días. Una semana entera sumergidas en la vida y obra de Thomas Merton, de la mano del profesor Ramón Cao. De vez en cuando, como si estuviese orquestado así, la sala capitular se iluminaba con una descarga eléctrica de la tormenta, justamente después de haber leído algún párrafo sabroso o de haber reflexionado en voz alta sobre alguna perla de este monje inagotable.

En el año 2015 se celebrará internacionalmente el centenario de su nacimiento. En España, sería Ávila, ciudad de la mística, el lugar idóneo para rendirle homenaje, si bien parece que la “competencia” con Santa Teresa, que también cumple años, no permitirá desplegar en toda su amplitud la riqueza del legado de Merton, al menos, de la manera tradicional. Ambos, en el cielo, se estarán divirtiendo mucho a costa de estas rivalidades. Ninguno de los dos andaba escaso de sentido del humor.

Nosotras, por afinidad cisterciense y pura simpatía hacia Thomas Merton, comenzamos  a recordarle hoy y además lo hacemos empezando la casa por el tejado; subrayando algunas perlas de su última conferencia impartida en Bangkok el 10 de diciembre de 1968, horas antes de morir.

Lo esencial de la vida monástica no está vinculado a edificios, a vestimentas, ni siquiera está necesariamente asociado a una regla. Reside en algo más profundo que una regla. Tiene que ver con esto de la completa transformación interna. El resto sirve a este propósito. Tan solo estoy diciendo, en otras palabras, lo que Casiano dijo en su primera Colación sobre la puritas cordis, la pureza de corazón, hacia la que tiende toda observancia monástica. […]

Si por medio del desapego y la pureza del corazón se penetra una sola vez en el secreto interno de la raíz de la experiencia ordinaria, se alcanza una libertad que nadie puede tocar, que nadie puede afectar…[…]

Allí donde se encuentre alguien capaz de dar algún tipo de dirección e instrucción a un pequeño grupo que intente hacer eso, que intente amar y servir a Dios y alcanzar la unión con Él, con toda probabilidad se dará algún tipo de monasticismo. Ese monasticismo no puede extinguirse. Es imperecedero. Representa un instinto del corazón humano, así como un carisma donado por Dios al hombre.

Abrimos el curso hablando del arquetipo monástico al que se refiere Raimon Panikkar en Elogio de la sencillez. Todos llevamos ese instinto en el corazón. Y resulta que podemos descubrirlo.

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