El sábado por la mañana nos acercamos al 01Seminario Mayor de Vigo para asistir a la I Jornada de la recién estrenada Escuela de Evangelización de la Diócesis de Tui-Vigo.

El delegado de la Pastoral Juvenil, el sacerdote Alberto Montes, nos hizo el honor de invitarnos para compartir con los jóvenes nuestra experiencia de silencio y oración alrededor de la lectio divina, una lectura meditativa y reposada de la Palabra de Dios.

El lema de este primer encuentro era: “La revolución de la fe” tomando como punto de partida las palabras del Papa Francisco en Argentina, cuando afirmó ante unos periodistas que la fe es revolucionaria.

Cuando Alberto nos dio cancha libre para desarrollar el aspecto que mejor consideráramos en relación al tema propuesto, no lo dudamos: el silencio es revolucionario. Nos dice Isaac Ninivita:

Mientras todo está en quietud, el Espíritu realiza en ella la propia voluntad y no hay ni siquiera oración, sino silencio.

El silencio interior es la forma en la que el ser humano puede consentir realmente a la acción del Espíritu en él. Es la obertura, la concavidad, el vacío perfecto en el que todo es colmado de Presencia.

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El silencio es sin embargo, un bien escaso e insuficientemente apreciado en nuestros días. Pero sabemos que el ser humano, sin silencio, se pierde. Se pierde en el otro, se pierde en las cosas…pero sobre todo, se pierde en su propia mente confusa.

El silencio y la Palabra de Dios, como la higiene de cada día, nos limpian de las adherencias que el ego, personal y colectivo, van dejando en nosotros. El silencio no solo limpia, también libera. Dicho de otro modo, el silencio salva. Lo expresó así San Ambrosio de Milán:

He visto salvarse a muchos gracias al silencio, pero no he visto salvarse a nadie gracias a las palabras.

05Hay dos clases de silencio. El silencio que supone no hablar y el silencio que silencia, que sosiega mente y cuerpo y hace que el ama despierte. Así mismo nos lo contaba San Juan de la Cruz en la Noche Oscura del Alma: “Salí sin ser notada, estando ya la casa sosegada…” Mente y cuerpo silenciados.

06También la lectura bíblica se deja atravesar por el silencio y por la atención amorosa. Seguimos el método monástico propuesto por Guigo II el Cartujo (s. XII) que nos dejó escrito un tratado, la Scala Claustralium, sobre la lectio divina que se sigue utilizando y valorando en nuestros días.

07La Scala cuenta con cuatro peldaños: lectio (lectura), meditatio (meditación), oratio (oración) y contemplatio (contemplación). Y para Guigo son los pasos que nos llevan a Dios. Así, haciendo un paralelismo con el pasaje del Evangelio nos dice:

Buscad leyendo y encontraréis meditando, llamad orando y se os abrirá contemplando.

08La lectura busca la dulzura de la vida bienaventurada, la meditación la encuentra, la oración la pide y la contemplación la gusta. Y sigue: “La lectura pone, por así decirlo, el alimento sustancial en la boca, la meditación lo mastica y tritura, la oración obtiene gustar, la contemplación es la dulzura misma que alegra y reconforta.”

09También nos dice: “La lectura se sitúa en la corteza, la meditación en la médula, la oración en la impetración del deseo y la contemplación, en el gozo de la dulzura obtenida.”

Son palabras un tanto oscuras, desde luego alejadas del “idioma” de los jóvenes, por eso lo que nos interesaba no era llenarles de conceptos sino de experiencia. De Su experiencia.

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Hicimos silencio. Silencio de palabras, silencio en el cuerpo. Leímos una y otra vez el Evangelio del Primer Domingo de Adviento. Caminamos en silencio y sin prisas. Volvimos a la Palabra y saboreamos con atención y cariño todo aquello que salía a nuestro encuentro. Cada uno escogió una palabra del texto…vigilad, velad, discípulos, casa, momento, amanecer…medianoche…atardecer…

10Y las palabras se hicieron vida. Atardecer desde el Castro de Vigo….gracias, gracias, gracias.