La intención de hacer silencio y la gracia del silencio

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La Constitución nº 24 de la Orden Cisterciense de la Estrecha Observancia dice:

El silencio se considera como uno de los valores más peculiares de la Orden; asegura al monje la soledad en la comunidad; favorece el recuerdo de Dios y la comunión fraterna; abre la mente a las inspiraciones del Espíritu Santo; estimula la atención del corazón y la oración solitaria con Dios. Por tanto, en todo tiempo, pero sobre todo en las horas nocturnas, esmérense los hermanos en ser fieles al silencio, custodio de las palabras e incluso de los pensamientos.

El silencio es la puerta a la intimidad con uno mismo. Intimidad que no encierra (¿no enclaustra?) sino que es camino, vía de relación. De relación nueva con el entorno y con el otro. El silencio purifica la visión. Dejamos de ver proyecciones y fantasías. Comenzamos a ver y a convivir con la realidad.

El silencio es una forma de compromiso vital. “Hago silencio”. Pero el más precioso silencio, la quietud de los sentidos, el acallamiento de la mente, la percepción clara es, sin duda, una gracia.

En todo caso, quererse a uno mismo, lleva consigo hacer lo que esté en nuestra mano para vivir con más verdad. Meditar, provocar la llegada del silencio, es una de esas vías. Dice Pablo D’Ors en una entrevista concedida a la revista Alandar:

Para meditar es muy importante tener la determinada determinación de hacerlo; lo difícil no es meditar sino querer meditar. Esto significa que se trata de escuchar y de obedecer ese anhelo interior de plenitud que sentimos.

Meditatio, en latín, significa “estar en el centro”, de modo que meditar es algo así un peregrinaje al propio centro. Contemplar, en cambio (de contemplatio, también del latín) significa “permanecer en el templo”. Para los creyentes, nuestro centro es un templo, lo que quiere decir que es un lugar sagrado, donde habita el Espíritu, Dios, el “huésped del alma”, por decirlo en clave poética. Los no creyentes, por su parte, dirán que ahí habita el misterio del ser. Pero es indiferente el lenguaje que utilicemos porque la experiencia es la misma; se trata del encuentro con lo profundo de nosotros mismos.

Y, ¿qué va encontrando uno en ese camino? Lo primero, la lucidez. El principal problema del mundo occidental es, en mi opinión, la complejidad mental: tenemos muchas palabras en la cabeza y el corazón. En la meditación se opera un proceso de simplificación y esto es necesario porque la simplicidad es la necesidad básica primordial. Cuando tienes la mente sencilla, el primer efecto es el de la lucidez o clarividencia, es decir, la capacidad para discernir mejor. Correlativamente, tienes más coraje en el hacer. Por fin, cuando se actúa lúcida y valientemente, el fruto que brota es el de la alegría interior. La alegría proviene de que por fin eres lo que estás llamado a ser y haces lo que estás llamado a hacer. Eso produce una alegría incomparable.

Esto, los primeros monjes del desierto ya lo sabían. Nosotros, hemos perdido un poco de vista lo estimulante que es el silencio, lo maravillosa que puede ser la pasiva receptividad. Esa percepción de que no hay nada que hacer ni ningún lugar al que ir. Simplemente ser.

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