La danza de Dios (Lc 17, 5-10)

 

baile

“Somos unos pobres siervos, hemos hecho lo que teníamos que hacer”. Quizás necesitaríamos distanciarnos de la palabra “siervo” y recorrer interiormente su sentido antes de volver a darle un nombre fresco y nuevo. Quizás hoy podríamos hallar en el sustrato íntimo del siervo a un danzarín…a una bailarina. La música penetra los sentidos de quien sabe moverse con el ritmo adecuado, con los gestos oportunos haciendo del conjunto de sonido y movimiento un todo bello y armonioso. Quien danza, quien fluye, no se resiste…acepta, logrando que las piruetas más difíciles sean ejecutadas con gran suavidad.

La música es la vida y la vida es Dios viviéndose a sí mismo a través nuestro. A medida que vamos comprendiendo que no somos el eje del universo, que no podemos mantener más tiempo la postura de querer ser los primeros en “sentarnos a la mesa”, podemos abrirnos a otra referencia existencial. Vivir la vida en cada momento según la capacidad aumentativa de captar el más silencioso son (muy distinto al ruido de la mente) que inevitablemente y anhelantemente querremos seguir…desplegando con nuestra danza, muy sencillamente, más y más humanidad. Si desarrollamos esta capacidad…habremos “hecho lo que teníamos que hacer”.

Dejar un comentario

Uso de cookies

Este sitio web utiliza cookies para que usted tenga la mejor experiencia de usuario. Si continúa navegando está dando su consentimiento para la aceptación de las mencionadas cookies y la aceptación de nuestra política de cookies, pinche el enlace para mayor información. ACEPTAR

Aviso de cookies