El Adviento es una flor

 

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Dice San Bernardo, refiriéndose a los novicios que su vida monástica es flor reciente (flos novella conversatio). “Todo lo que ahora descubrís en ellos está en flor”, flos est. “Su misma novedad ha de ser considerada como flores recientes y más una esperanza que la presencia de sus frutos” (spes fructum magis quam fructum).

La naturaleza nos dice que no hay fruto sin flor. Por lo que la esperanza del fruto (la flor) es necesaria. Vivir el Adviento es adivinar la grandeza del ser humano, a pesar de tantas señales que nos refieren que somos seres sin remedio. El Adviento es la flor. La Navidad es el fruto. Si creemos en un Dios Todopoderoso y glorioso (en la manera en la que el ego se proyecta), probablemente nos decepcione esta vida. No veremos más que miserias. Si por el contrario desentrañamos el corazón del mensaje de la Navidad y percibimos al niño Jesús como el Dios de lo pequeño, entonces podremos estar en comunión con él en medio de la compleja, dolorosa pero también bendita realidad.

Manuel Rivas, en su reciente libro “Vicente Ferrer. Rumbo a las estrellas, con dificultades” cuenta la anécdota de un cura gallego, perteneciente a las comunidades de base, que le dijo: ¿Sabes una cousa? Coido que Deus é pequechiño. ¿Sabes una cosa? Creo que Dios es muy pequeño.

La flor del Adviento corre el peligro de helarse con los vientos del invierno. Frigora matutina, quae intempestivos solent perdere flores, praeripere fructus. Que nuestro corazón cultive siempre el calor. Tanto calor que impida que los aires helados que soplan en este mundo abrasen la flor, pierdan el fruto. Dios es muy pequeño y tiene que ser protegido.

El buscador buscado (Mt 11, 28-30)

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Venid a mi todos los que estáis cansados y agobiados”. Ayer, el pastor salía al encuentro de la oveja perdida. Descendía del monte de la abundancia en busca de los que vivían enredados en las cañadas oscuras de la necesidad. ¿Por qué ahora invierte el dinamismo y ya no es él quien  va sino que somos nosotros los que venimos? En esta alternancia del deseo se gesta la vida. Somos seres en relación. Nuestra alma está hecha de partículas de amor entrañable. Un amor que puede ser universal pero nunca impersonal. El deseo de amor nos lleva, no solo a querer ser colmados pasivamente (es decir, con apertura y sin resistencias), sino a descubrirnos a nosotros mismos en nuestra tendencia hacia el otro. El otro por antonomasia es Jesús. Ese que, siendo distinto de mí, es “más íntimo que mi propia intimidad”, decía San Agustín. La plenitud nunca la encontraremos en el aislamiento (oveja desplazada de las noventa y nueve). En la separación solo hallaremos cansancio y agobio. Mantener una falsa identidad es realmente agotador. Jesús, como acción redentora, sale a nuestro encuentro. Al mismo tiempo, un impulso dinámico, un recuerdo de nuestro verdadero ser, nos lleva a ponernos en camino hacia el “más Otro de nosotros mismos”. El buscador buscado. Y por fin, el descanso.

Hola a la luz. Es Adviento

 

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A lo largo de los siglos, la Iglesia ha ido desarrollando un tiempo litúrgico como preparación para la Navidad, que es el Adviento. Cronológicamente, durante los primeros siglos, la primera fiesta celebrada por las comunidades primitivas, fue la Pascua, obviamente. Luego surgió la Cuaresma, antes de la celebración de la Pascua, y Pentecostés, el tiempo de después. Y casi por ósmosis, los primeros cristianos empezaron también a celebrar la Navidad, con su tiempo anterior de preparación, el Adviento.

Son cuatro semanas, durante las tres primeras, las lecturas nos hablarán de la venida de Cristo al final de los tiempos y a partir del día 17 de Diciembre, los evangelios nos acercarán al nacimiento de Jesús, es decir, nos irán preparando para su celebrar su venida al mundo, la Navidad.

Así pues, los días de Adviento le dicen “adiós” al otoño y le dan la bienvenida a Jesús, “adiós” a los días más cortos del año y “hola” a la Luz.

Tradicionalmente, la liturgia cristiana nos habla  en este tiempo de Adviento, de las tres venidas de Cristo.

La primera venida es la que celebramos los días de Navidad, es la venida de Jesús en la historia, Dios se ha hecho carne y habitó entre nosotros. Pero, ¿qué sentido tiene la encarnación de Cristo para mí?. Ya en el siglo III se preguntaba San Ireneo de Lyon: ¿de qué me vale que Jesús nazca en Belén si no nace en mi corazón?.

La tercera venida es al final de los tiempos, como dice San Pablo, cuando Cristo sea todo en todos; es la escatología. “Esjatón” en griego, significa lo último, y las lecturas de las tres primeras semanas nos llevan hacia la consumación de los tiempos. Esto no es nada terrible, y aunque el tono apocalíptico sea un tanto tétrico, nosotros hoy lo vivimos e interpretamos como plenitud. Todos estamos llamados a una vida en plenitud. Alguien dijo: he venido para que tengan vida y vida en abundancia.

Esta venida en la escatología nos refiere al principio del “ya sí pero todavía no”, es decir, Cristo ya ha venido al mundo, pero no en plenitud. Dios se ha hecho ser humano en Jesús y el deseo, la inquietud interna de todos por ser completos, tira de nosotros, para ir poco a poco contactando con nuestro fondo divino, con esa imagen y semejanza desde la que hemos sido creados. La esperanza sólo se entiende desde aquí. Contactando con esa búsqueda interior, San Bernardo relaciona la esperanza con la respiración:

Así pues, cada uno de nosotros que,tras aquellos llantos amargos de los comienzos de su conversión, respira por la esperanza del consuelorespirasse in spem consolationis- y se alegra al verse volando con las alas de la gracia, ése(…) ve a Dios y escucha su voz (Cant 37,4)

Si tú lloraste tus pecados, bebiste la amargura; y si con una vida más santa respiraste la esperanza de la vidarespirasti in spem vitae-, se te ha trocado la amargura de la mirra en vino que alegra el corazón. (Cant 44, 1)

Y por último, la segunda venida o la venida intermedia de Cristo en el momento presente, en el aquí y ahora. Dios está viniendo a mí, se está haciendo o está siendo mi ser más profundo,  mi “mí mismo”.

Por tanto, si Jesús ya ha venido, ¿qué estamos esperando?De nuevo San Bernardo, con su agudeza espiritual nos invita a profundizar en ello y a experimentar que más que una venida desde fuera, lo que estamos llamados a vivir  es un emerger de Cristo desde dentro, un descubrirle en nuestro interior.

Alguien dirá: “¿Cómo puede hablarse de la venida de quien siempre ha estado en todas partes? Estaba en el mundo,y,aunque el mundo lo hizo él, el mundo no lo conoció”. El Adviento no es una llegada de quien ya estaba presente; es la aparición de quien permanecía oculto. Se revistió de la condición humana para que a través de ella fuera posible conocer al que habita en una  luz inaccesible (Sermón de Adv. 3,1)

La venida intermedia permanece oculta; en ella , los elegidos sólo lo ven en lo hondo de ellos mismos(…); es espiritual y eficaz(…) Esta venida intermedia  es un camino que enlaza la primera con la última(…).En la actual (…), Cristo es nuestro descanso y nuestro consuelo (Sermón de Adv. 5,1)

Por todo esto, es nuclear vivir lo más despiertos posible cada instante, cada paso, porque Dios está ahí y yo no me entero. Dios está dentro de mí como paz, alegría, presencia,luz,…, y también ausencia, oscuridad,dolor, un dolor redentor. Hay un título de un libro que es muy sugerente “Una ausencia muy presente”. Es una muy buena definición de Dios, si es que se le puede definir.

Comienza el Adviento y nosotros con él

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Por fin el pasado sábado celebramos en Armenteira el esperado retiro de Adviento. El día anterior con la inestimable ayuda de Mari Paz, limpiamos y pusimos en orden la sala en una disposición un tanto sui generis que sorprendió a los asistentes. Como todos venimos con el ajetreo incorporado de nuestra vida cotidiana, nada mejor que comenzar con una meditación silenciosa intercalando paseos meditativos en silencio (de ahí los dos pasillos). Se creó un buen clima para poder acoger mejor las pistas para el día.

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Hablamos del Adviento como espacio litúrgico y recorrimos las tres venidas de la mano de la hermana Paula. Ella también puso el acento en las tres figuras principales del Adviento: el profeta Isaías, Juan Bautista y la Vírgen María. La hermana Leire introdujo el ejercicio de lectio divina sobre los textos bíblicos correspondientes al primer domingo de Adviento. La receptividad de los participantes salta a la vista.

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Dejamos un espacio de una hora y cuarto para que todos los asistentes pudieran tomar contacto con los textos sugeridos y dialogaran con ellos, dejando que la Palabra resonara en su interior.

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Después de la hora de Sexta que compartieron con nosotras en la capilla, nos dispusimos a sacar el bocadillo bajo el ténue sol del otoño. Bien abrigados y con la asistencia de un caldo muy rico (y muy caliente) optamos por comer en los porches de hospedería. A todos nos agradó el ambiente de pic-nic y distensión ¡aunque hiciera frío!

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Este momento sirvió para conocernos un poco mejor y poner el contrapunto al rato largo de silencio que habíamos mantenido antes.

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Pues si la lectio es alimento, también nos sacia la buena compañía.

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Brillaron algunas señales luminosas. Una de ellas es que necesitamos sentir que no estamos solos albergando una esperanza. Un sencillo retiro en un monasterio nos permite reconocer que formamos parte de una comunidad de creyentes. De personas que se comprometen con la vida; esa vida que necesita ser acogida, comprendida, curada y también celebrada!

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Compartir lo que somos pero también lo que soñamos amplía el horizonte de nuestra, en ocasiones, estrecha mirada. Otras veces nos incentiva a probar algo nuevo, como es el caso de este pan de maíz y centeno que nos trajeron Mario y Emilia desde Portugal (qué rico) pero también en un sentido más interior, cuando reconocemos que estamos repitiendo los patrones de siempre y necesitamos ¡innovar urgentemente!

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Por la tarde comenzamos con una danza de bendición. Algo muy sencillo y apto para todos los públicos. A veces no somos conscientes de todos los pequeños o grandes momentos que son puertas abiertas a la felicidad. Y las franqueamos sin enterarnos, sin besar esos gestos humanos que calientan el corazón y la vida.

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Si el Adviento es una espera es porque la realidad no puede ser desvelada de sopetón. Requiere una actitud vigilante y orante. Es la sabiduría la que nos susurra que sin amor a nuestra realidad, a los que nos rodean, a nosotros mismos…no es posible encontrar nada nuevo bajo el sol. No es posible el asombro ante ese Jesús que juega al escondite oculto tras los acontecimientos perfectamente ordinarios y cotidianos.

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Dar gracias a Dios parece un sinsentido cuando no nos encontramos bien, cuando la vida muestra su cara más adversa pero hay algo profundamente revelador en esta actitud. Somos algo más que nuestras circunstancias. Algo más que nuestras limitaciones. Descubrir algo así, ¡nos llena de gratitud!

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Terminamos la tarde reunidos en pequeños grupos, compartiendo los “efectos” de la lectio en nuestro interior, intercambiando anhelos y apoyándonos en las palabras auténticas que salían de la boca de muchos. Escuchar es, de hecho, una de las más bellas manera de esperar. Y tras una despedida, nuevamente en forma de danza, en esa espera permanecemos. Porque sabemos que la vida, Dios mismo, no puede sino darnos su amor. Eso lo dijo Isaac el Sirio hace muchos años pero sigue siendo de una refrescante novedad.

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El cielo atravesado por un pájaro

 

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El pasado domingo se clausuró el así llamado “Año de la Fe” para la promoción de la nueva evangelización. Como reflejó el Papa Benedicto XVI en su Carta Apostólica, todo este año dedicado a la fe, ha pretendido servir para no dejar “que la sal se vuelva sosa y la luz permanezca oculta”.

A veces da la impresión de que la fe es “algo” que se tiene o no se tiene. En realidad, es una capacidad inherente al ser humano y que constantemente necesita ser descubierta y vivida. El profesor Martín Velasco dice: “creer surge desde el centro de la persona. Se cree con el corazón”. “Por la fe, la vida del creyente discurre en su interior; se le procura una luz que le hace ver la realidad con ojos nuevos; por ella el ser humano acoge el agua del manantial que alimenta la corriente de su vida y consiente al impulso que le orienta más allá de sí mismo”.

El ser humano es en esencia capacidad de Dios, que diría San Agustín y por ello mismo es también receptáculo para acoger la fe. Y “solo el amor es digno de fe”, pensó Hans Urs von Balthasar.

El propio Jesús percibió con claridad el misterio de la fe manifestándose en personas ajenas a la tradición judía. La enorme confianza de la mujer sirofenicia (Mt 15, 21-28), provocó en Jesús un salto en el vacío. De su mentalidad semítica hacia una comprensión universal, sin fronteras, del plan de Dios. La fe, la confianza de la cananea destruyen en un solo gesto todo límite de separación superficial. Dios mismo se vuelca dentro del contorno de las religiones y también fuera de él. Dice Javier Melloni: “Cada religión habla del Uno y es camino hacia el Uno de un modo diferente. …La Verdad verdadera sólo se ofrece con la conciencia de no agotarla, sino tan sólo de ser atraído por ella y ser convocado más allá de la propia perspectiva”.

Jesús nos estimula a dejar crecer en nosotros un tipo de fe que nos abre al Todo. “El que cree en mí, no cree en mí, sino en aquel que me ha enviado” (Jn 12, 44). Jesús es la Transparencia de Dios. Y Dios en Jesús vierte su Todo. Un koan zen dice: “la luz de la luna envuelve a la garza blanca”. Manteniendo su diferencia, es imposible separarlas. De la misma manera, Jesús se hace vehículo del Absoluto desde lo concreto de la vida humana. Creer en Jesús es abrirse a un horizonte inagotable, inabarcable, inmenso. Creer en Jesús es redimensionar la propia vida, saliendo de una conciencia puramente egótica a una comprensión del Ser como algo ilimitado. El Ser de Dios en nosotros, el Padre, impulsa su propia manifestación. Quiere ser vivido en nosotros. Las actitudes de nuestra vida, las palabras, los gestos se van conformando, haciéndose permeables a esa imagen dibujada desde siempre en el fondo de nuestro corazón.

“La fe es vida”, dijo San Bernardo de Claraval. Un monje dibujó dos palitos en forma de uve en una pizarra: ¿Qué es esto? Todos contestaron: Es un pájaro. No, no, respondió él…es el cielo, atravesado por un pájaro…esa es la visión de la fe.

Los caquis y la sabiduría monacal

 

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Ayer pasamos la tarde recogiendo caquis de los árboles. Es una actividad deliciosa para una día soleado. Los caquis tienen un aspecto japonés, con sus maravillosas hojas rojizas y unos frutos, como bayas hinchadas, que van enrojeciéndose a medida que el sol los madura. Pero la climatología de esta tierra no permite que nos confiemos. Podría llover mañana. Así que hemos preferido cogerlos antes de su maduración y guardarlos en bolsas de papel entre manzanas, que liberan etileno, y ayudan a los caquis a llegar a su sazón.

Ya nos lo dice San Benito en su Regla: “La ociosidad es enemiga del alma. Por eso los hermanos han de ocuparse en ciertos tiempos en el trabajo manual, y a ciertas horas en la lectura espiritual”.

Para Joan Chittister: “La vida benedictina es una vida inmersa en lo real, y el trabajo es una parte fundamental de la misma. La función de la vida espiritual no consiste en escapar a otro mundo, sino en vivir bien en éste. La espiritualidad benedictina exige algo mucho más duro para nuestro siglo que el rigor, porque exige equilibrio”.

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Ese sano equilibrio lo relata, a través de la siguiente anécdota de los primeros años del monacato cristiano, García de Colombás en su libro El Monacato Primitivo: Se cuenta de un monje que fue a visitar a la comunidad regida por el abad Silvano. El anónimo visitante llegó al monasterio y, al ver que Silvano y sus discípulos trabajaban, dijo al anciano abad: “No trabajéis por el alimento que perece, pues María ha escogido la mejor parte. Silvano hizo conducir al monje a una celda vacía y poner un libro en sus manos. Hacia la hora de nona, el extranjero se asomó por la ventana para ver si le llamaban para la refección de la comunidad, pero nadie parecía acordarse de él. Pasaron lentamente las horas. Al fin se decidió a preguntar a Silvano por qué no le habían llamado. Silvano replicó: “Porque tú eres un varón espiritual y no tienes necesidad de tal clase de alimento, mientras que nosotros, hombres carnales, queremos comer, y, por consiguiente, trabajamos. Pero tú has escogido la mejor parte; tú te dedicas a la lectura espiritual durante todo el día y no quieres tomar alimentos carnales”. Silvano sacó la siguiente conclusión: “María tiene urgente necesidad de Marta, porque, gracias a Marta, María es alabada”.

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El trabajo manual nos ayuda a no oxidarnos, a no envejecer antes de tiempo. Y casualidades de la vida, esas son algunas de las propiedades del caqui: su importante proporción en antioxidantes puede disminuir el riesgo de determinadas enfermedades degenerativas. Son buenas noticias….y también nosotras, al igual que el abad Silvano, sacamos nuestra propia conclusión: Hacer ejercicio subiendo por la escalera de mano para alcanzar unos caquis y después comérselos puede convertirse en una actividad doblemente saludable. Si no tienes un árbol cerca (o se trata del árbol de tu vecino!) quizás puedas sustituir ese ejercicio por un paseo a pie hasta la tienda de frutas de la esquina. Más fácil ¿verdad?

Gotitas de perfume francés (asequible a todos los bolsillos)

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“Agradable perfume es la humildad, que asciende sobre este valle de lágrimas y después de haber perfumado todo su entorno, difunde…su deliciosa suavidad. Hay una humildad que el amor alimenta y la hace arder. Pero hay otra engendrada por la verdad y es fría. Esta consiste en el conocimiento y aquella en el afecto. La humildad voluntaria nace del corazón, del afecto y de la voluntad. La alcanzarás cuando no busques aparentar fuera lo que no encuentras dentro de ti”.

Sabias palabras éstas de Bernardo de Claraval. El camino espiritual y todo camino de desarrollo humano requiere de una introspección, de una indagación sobre el propio corazón. Sin embargo, en no pocas ocasiones este arduo trabajo se acomete sin compasión, sin la asistencia del afecto genuino hacia uno mismo. El resultado puede ser paralizante.

“Conócete a ti mismo” se leía en el frontispicio del Templo de Delfos pero hoy se hace necesario añadir una posdata: “con cariño, por favor”.

Se dice que en uno de los primeros viajes que el Dalai Lama realizó a Occidente, los estudiantes de budismo le preguntaron: Su Santidad ¿cómo podemos hacer para amarnos a nosotros mismos? Él, un tanto atónito ante la pregunta, respondió: ¿Pero es que ustedes se odian?

Quizás no sea odio pero sí una aversión impresa en nuestras células por una educación ambiental bienintencionada basada en la autosuperación en lugar de en la humilde y amorosa aceptación de uno mismo.

“La humildad es un bálsamo, sigue diciendo San Bernardo, que no lo extingue ni la reprensión ni la lisonja”. Tampoco se vende, ni siquiera en las mejores perfumerías. Es un aroma que lleva tu nombre; una fórmula maestra que precisa de todas las flores y hierbas, unas  dulces, otras amargas, que crecen alegres bajo la atenta mirada del sol.

La luz que queda (Lc 21, 5-19)

 

La luz de la confianza

“Yo os daré palabras y sabiduría a las que no podrá hacer frente ni contradecir ningún adversario vuestro”. “En diciembre de 1976, un joven libanés llamado Gassibeh volvía de Beirut, donde estaba estudiando, para pasar la Navidad en su pueblo. El Líbano estaba en guerra. El joven murió en una emboscada. Había tenido una corazonada de lo que podría ocurrirle y dejó en su habitación una carta escrita a los suyos. Decía: “Me veo muerto en el camino que me lleva a casa. Si esto llegara a ocurrir, quiero decir a mi madre y a mis hermanos: No estéis tristes, nos encontraremos; perdonad a los que me han matado. Que mi sangre, mezclada con las de las víctimas caídas de cualquier raza y religión, sea ofrecida como precio por la paz, el amor y el diálogo que han desaparecido en nuestro país. Orad, orad y amad a vuestros enemigos”. Así nos lo narra el hermano Roger de Taizé.

Gassibeh lo dio todo. Toda era su confianza. La madre de Gassibeh heredó de su hijo el perdón y la paz. El más bello regalo en el más intenso dolor. Reconocer cuál es el camino cuando el corazón se agita, incluso en el día a día de las relaciones humanas, requiere la luz de la confianza. De todo lo que sucede, es lo único que permanece. Dice el escritor y periodista gallego Manuel Rivas, en relación a la sentencia sobre el caso del Prestige: “A la mayor catástrofe se respondió con la mayor solidaridad. Cientos de miles de manos rescataron el mar y la esperanza. Recuerdo voluntarios limpiando en la noche con linternas. Y eso es lo que quedará. Esa luz”.

La atención plena, San Juan de Dios y las mermeladas

 

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Miguel nos llamó para decirnos que había iniciado unas sesiones de “atención plena”, que él ha propuesto llamar “atención descansada” con los acogidos en el Albergue de San Juan de Dios en Madrid. Todos los lunes de 18:15 a 18:45 se sientan en meditación con un lema “aparezca lo que aparezca en tu mente, obsérvalo”.

Jon Kabat-Zinn, en su libro “Mindfulness en la vida cotidiana” explica qué es la atención plena. Dice que “tiene que ver con el hecho de despertar y de vivir en armonía con nosotros mismos y con el mundo. Guarda relación con examinar quienes somos y con cuestionar nuestra visión del mundo y el lugar que ocupamos en el mismo, así como con el hecho de cultivar la capacidad de apreciar la plenitud de cada momento que estamos vivos. Pero, ante todo, tiene que ver con el hecho de estar en contacto.

La meditación nos ayuda a despertar de un sueño caracterizado por el funcionamiento automático y la inconsciencia, que nos brinda la posibilidad de vivir nuestras vidas teniendo acceso a todo el espectro de nuestras posibilidades conscientes e inconscientes. Los sabios de Oriente aprendieron algo que ahora puede resultar profundamente beneficioso para Occidente. Su experiencia colectiva sugiere que al investigar interiormente nuestra propia naturaleza como seres y, especialmente la naturaleza de nuestra mente a través de la autoobservación sistemática y cuidadosa, puede que lleguemos a experimentar mayor satisfacción, armonía y sabiduría en nuestra vida.

La atención plena es, fundamentalmente un concepto sencillo. Su poder yace en el hecho de practicarla y aplicarla. Atención plena significa prestar atención de un manera determinada: de forma deliberada, en el momento presente y sin juzgar. Este tipo de atención permite desarrollar una mayor conciencia, claridad y aceptación de la realidad del momento presente. Nos despierta para que podamos darnos cuenta de que nuestras vidas solo se despliegan en momentos. Si durante la mayoría de esos momentos no estamos plenamente presentes, es posible, no solo que nos perdamos aquello que es más valioso de nuestra vida, sino también que no nos percatemos de la riqueza y la profundidad de nuestras posibilidades de crecimiento y transformación.

La atención plena nos brinda una vía sencilla pero muy potente para salir del estancamiento y recuperar el contacto con nuestra sabiduría y nuestra vitalidad. La puerta de acceso a este camino es apreciar el momento presente y cultivar una relación íntima con el mismo, a través de prestarle atención de forma continua, con delicadeza y discernimiento. Es justo lo opuesto de dar la vida por sentada”.

Aunque es un concepto budista, desde antiguo los monjes cristianos retirados al desierto han dedicado su vida a la atención de sus pensamientos, sentimientos e imágenes mentales. También Jesús decía: velad y orad. La sabiduría es la misma.

Es una gran noticia saber que en el Albergue de San Juan de Dios, “los sin techo” tienen la oportunidad de ganar en serenidad, calma y sanación. Al llegar se sientan en círculo con la postura corporal adecuada: espalda recta, ojos ligeramente abiertos, sintiendo el contacto de las manos sobre las rodillas y los pies en el suelo. Procuran calmar cualquier tensión que descubran en el cuerpo, se relajan y sienten su respiración, aquí y ahora, “nos damos cuenta que respiramos”, fijan su atención en el aire que entra y sale por las fosas nasales. Los pensamientos van y vienen, el silencio permanece, si la mente se desvía de la respiración no pasa nada. Observan los pensamientos sin juzgar, al no juzgar se calman, no ponen resistencias, ni los rechazan, los dejan ir, el silencio permanece. Regresan al presente una y otra vez de manera amable y sin juicio, siempre con amabilidad, descansando en el silencio, centrados en la respiración. La práctica se inicia con tres toques espaciados de cuenco, transcurrido el tiempo establecido, Miguel da un toque de cuenco y  comparten sus experiencias. La invitación se extiende a practicar en la vida diaria. A veces, al final se dan un abrazo.

Los comentarios son variopintos. En ocasiones la mirada recae en los zapatos del vecino y otras veces se logran sentimientos de paz y armonía. Lo importante es ganar más vida y más realidad para la Vida.

La atención plena te permite saborear con intensidad los momentos. Es cierto. Nosotras tuvimos la suerte de probar unas maravillosas mermeladas del Monasterio de Huerta. La riqueza de la textura y dulzura. Sondear en el paladar los distintos ingredientes…y sonreír. Pues…ya lo dijo San Bernardo: “sapor in palato, in corde est sapientia”.

 

 

 

 

 

Retiro de Adviento

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Esta bella imagen modernista de la Virgen María pintada por Joseph Stella en 1926 nos encuadra perfectamente el anuncio del retiro de oración en torno al Adviento que, como muchos ya sabéis, celebraremos aquí el próximo 30 de noviembre (sábado) según el siguiente esquema:

Programa:

10,15 h.- Llegada y bienvenida para empezar a las 10,30 h
10,30 h.- Meditación silenciosa con caminar meditativo (importante: traer calcetines)
11,30 h.- Comentario del evangelio del I Domingo de Adviento
12,00 h.- Tiempo personal
13,15 h.- Sexta
13,30 h.- Comida
15,30 h.- Nona
15,45 h.- Danza contemplativa
16,15 h.- Breve reseña sobre las figuras bíblicas del Adviento
16,45 h.- Descanso
17,00 h.- Resonancias del día
18,30 h.- Fin
19,00 h.- Vísperas (opcional)

Como en la anterior convocatoria, la idea es que cada cual se traiga un bocadillo de casa facilitando así un abaratamiento de gastos. La contribución que os pedimos es de 5€ por persona para cubrir el mantenimiento del espacio.

Podéis invitar a todos lo que creáis puedan estar necesitados de un espacio de oración e interioridad…el Adviento es ese flujo de esperanza que todos deseamos alimentar…

Ah…podéis apuntaros a través del blog, dejando vuestro comentario, o escribiendo a hospederia@monasteriodearmenteira.org.

¡Os esperamos!

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