con la buena gente de ourense

 

Este fin de semana pasado, ha sido “moi ourensá” (muy orensano), pues estuvieron en nuestra casa un grupo nutrido de personas pertenecientes a las parroquias de San Pío X de Orense, San Ildefonso de San Cibrao das Viñas y Santo André de Rante , realizando un retiro de Cuaresma, de silencio y oración. Y además, dos de nuestras hermanas fueron -el día de San José-, al Monasterio Cisterciense de Oseria (Orense), a la profesión solemne del monje, Armando Lima Oliveira.

Cuenta una antigua leyenda que a San Pacomio (s IV) –monje fundador del cenobitismo en Egipto- los cocodrilos le ofrecían sus lomos para que cruzase el río Nilo. ¿Qué nos quiere transmitir esta simpática anécdota? Que ya los primeros moradores del desierto, vivían integrados en la Creación, en absoluta armonía con su entorno; conectados con el Creador, a través de la oración y el  trabajo manual. Esta puede ser la síntesis de la encíclica papal Laudato Si´, sobre la ecología, y que el grupo interparroquial orensano eligió como tema de su retiro. Y de cara a la Semana Santa, meditaron sobre sencillas cruces naturales, fabricadas por ellos mismos, que permanecieron en los alrededores del monasterio.

 

 

 

Nuestro hermano Armando, natural de Viana do Castelo (Portugal), ha dado el paso de ser profeso solemne, para vivir en profundidad el camino cisterciense en su comunidad de Oseira. Aunque litúrgicamente era el tercer Domingo de Cuaresma, durante toda la ceremonia, la capilla estuvo  iluminada por la luz tabórica de la Transfiguración.

 

 

 

Y en el momento de la consagración, el haz de luz, incidió con fuerza sobre el altar y al terminar la comunión, se retiró a otra zona de la estancia. El nuevo profeso pidió primero pertenecer a la Orden del Císter, escuchó postrado en el suelo la oración de las letanías

 

 

 

y tras leer y firmar en el altar la cédula de profesión, fue bendecido por el superior D. Alfonso Lora. Finalmente recibió su cogulla de monje, para ocupar su sitio, entre sus hermanos, en el coro.

 

 

¡¡¡ muchas felicidades, armando, y ya sabes,… a volar con esas anchas mangas !!!

las rosas transfiguradas

 

Avanza la Cuaresma y la Liturgia nos presenta hoy el evangelio de la Transfiguración (Mt 17, 1-9): Jesús todo envuelto en luz. Así despedimos ayer a nuestro hermano Pablo del monasterio de Sobrado dos Monxes, él ya está transfigurado enteramente en el seno del Padre. Vestido con su blanca cogulla, el rostro  pálido y la madera de color claro, sostenía entre sus brazos la Regla de San Benito y un icono. El blanco lo envolvía todo.

Aunque existen rosas blancas, el texto siguiente del escritor portugués Eça de Queirós, habla de las rosas rojas

Mientras así pasaban y volvían a pasar, los bárbaros avistaban siempre, en las alturas, gruesas y tristes murallas rematadas por una cruz. Se trataba de los monasterios. Al principio subían al monte y derribaban las puertas a hachazos. Después, ya convertidos, se arrodillaban en las losas para tocar las santas reliquias. Dentro de esos muros, asaltados o traspuestos con reverencia y temor, encontraban silenciosos claustros, hombres que, con el rostro pálido oculto por la capucha, trazaban líneas sobre pergaminos, una capilla oscura y al fondo, más allá del pozo, un huerto donde se alzaba, entre hierbas aromáticas o medicinales, un arbusto cubierto de flores rojas, que los bárbaros no conocían.

Era la rosa, la rosa grecorromana, que en aquel vasto desastre había encontrado entre los monjes un refugio seguro y apacible. Allí estaba escondida y enclaustrada, con otros restos de la civilización destruida: aquellos rollos de pergamino que los monjes absortos releían y copiaban. Así se salvaron las glorias y los dones de la sociedad antigua. La rosa sobrevivió gracias al cuidado de la Iglesia junto con Horacio, que la había cantado.

¿Y si las rosas se transfigurasen en camelias? En  los claustros gallegos, la piedra está impregnada de oración y las camelias se enamoran del Silencio.

Nuestro hermano Pablo descansa en el claustro de Sobrado, junto a un árbol lleno de camelias blancas.

ceniza de luz

 

En este día de Miércoles de Ceniza, los cistercienses medievales, bendecían las cenizas mirando al Norte, lugar de las tinieblas, donde nunca da el sol. Aunque parezca un poco tétrico, tiene su simbología profunda, pues se inaugura litúrgicamente, el tiempo de Cuaresma, durante el cual, los cristianos iremos girando nuestra mirada interior hacia el Este, por donde nos visitará  el Sol que nace de lo alto (Benedictus), Cristo Nuestro Señor. Así también, el Císter construye sus iglesias con orientación hacia el Naciente, para alabar al Señor desde la salida del sol hasta su ocaso (Salmo 112,3).

A veces el sol permanece oculto y el evangelio de hoy nos habla del Padre que habita en lo secreto, en lo invisible del corazón, en las raíces del cielo,…,  de Él recibimos su Luz.

Juan Clímaco (s  VII) -considerado el padre del hesicasmo-, nos habla así de un silencio de luz

El silencio, como conocimiento, es la madre de la oración, la libertad de la cautividad, la preservación del fuego, el control de los pensamientos, el espía de los enemigos…, el compañero de la hesiquía, el adversario del deseo de enseñar, el auxiliar del conocimiento, el artesano de la contemplación,  un progreso invisible y una ascensión secreta,…, el amigo del Silencio se acerca a Dios y, entreteniéndose con él en secreto, recibe su luz.

La Cuaresma no es un tiempo de oscurantismo, si no de recibir la luz. Que a los cristianos, no nos pase como cuenta el diplomático e intelectual  portugués, Jose María Eça de Queirós, que le ocurre a los poetas

En los rincones tradicionales de la poesía, entre la hierba, junto a las fuentes, bajo las sombras, ya no se encuentra un solo poeta. Están todos atrincherados en el fondo del alma.

Abre el regalo que es hoy, da un paseo por la Naturaleza, y estrena mes de Marzo –hacia una incipiente primavera-, estrena el tiempo litúrgico de Cuaresma y “estrena un corazón nuevo y un espíritu nuevo” –versículo de Vigilias del Miércoles de Ceniza-.

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