Nuestra sencilla y amorosa verdad ¡Feliz salida y entrada de año!

año nuevo

El irrepetible Prólogo del Evangelio de San Juan comunica que la Palabra era la luz verdadera que alumbra a todo hombre. La primera lectura de la eucaristía de hoy, tomada de la primera carta de San Juan, nos dice que “ninguna mentira viene de la verdad”, siendo que la verdad es Cristo, la Palabra que existía en el principio.

Nuestra verdad profunda es esa. Que vivimos, nos movemos y existimos en Cristo. Fuera de él no hay nada. Y nada es la mentira: la idea engañosa de que no somos en Cristo, plenitud y gracia. Todo lo que nos separa de esa dulce verdad es falso. Dijo el Maestro Eckhart en el siglo XIII: “Hemos de ser un único hijo que ha sido engendrado eternamente por el Padre”. Un único hijo, unidad en Cristo Jesús.

Para salir de nuestras falsas creencias, aquellas que nos causan sufrimiento y que nos separan de la dichosa verdad, necesitamos incorporar a nuestras vidas algún proceso de indagación. En el siglo IV Evagrio Póntico combatía, como buen asceta, los pensamientos erróneos, los logismoi.  Son los pensamientos que deforman la realidad, que nos hacen sufrir y que no proceden de nuestra naturaleza original (hecha a imagen y semejanza de Dios).

En el siglo XXI hay otras personas que han franqueado la puerta del sufrimiento y que nos alumbran y ayudan a recorrer el camino de la indagación (o combate espiritual, si se prefiere). Una de ellas es Byron Katie. Su método, llamado “El Trabajo” somete los pensamientos estresantes a una batería de cuatro sencillas preguntas: 1) ¿Es verdad? 2) ¿Puedes estar absolutamente seguro de que es verdad? 3) ¿Cómo reaccionas cuando crees en ese pensamiento? 4) ¿Quién serías sin ese pensamiento? El final del proceso es invertir la afirmación original, descubriendo con asombro, muchas veces, la verdad oculta tras nuestras proyecciones. El proceso es liberador porque la verdad es siempre dulce.

Termina el 2014 y comienza un nuevo año. Podemos hacer bellos propósitos pero el único importante es descubrir nuestra verdad. Nuestra sencilla y amorosa verdad.

¡Felicidades!

¡Feliz Navidad!

Navidad 2014

Y un pequeño relato para la oración, en este día tan señalado, que nos regala el Hermano Roger de Taizé:

El día de Navidad fuimos a visitar una aldea de leprosos. Una mujer llamada Adjebush nos contó su vida. Cuando se le declaró la lepra, su marido la abandonó. Sus cuatro hijos fueron a la guerra; uno de ellos murió y de los otros no volvió a tener noticias. Su hija pequeña dormía a su lado. ¡Deseaba tanto que su pequeña recibiera el don de la fe! Adjebush no podía ni ir a pedir limosna porque tenía las dos piernas amputadas.

De pronto, inesperadamente nos dijo: <<Suelo llorar en mi corazón, pero a veces también lloro externamente. Yo sé que Cristo está aquí, presente, a mi lado>> y se puso a rezar alabando a Dios con los brazos levantados según la costumbre de los coptos ortodoxos.

Nos preguntábamos ¿de dónde saca esta mujer la confianza? Más tarde pudimos constatar que era una mujer de oración. Había desarrollado en ella una profunda vida interior y una profunda comunión con Cristo. Adjebush comprendía que su sufrimiento no venía de Dios. Sabía que Dios no era el autor de sus desgracias y sus penas.

Como si siguiera en oración, comentaba nuestra visita y sus palabras nos resultaron un canto. Decía a Dios: <<Es Navidad y han venido a verme. Es el día de Navidad y no se han quedado en su casa, han venido a la mía>>.

Y añadimos las palabras del Papa Francisco para esta Navidad: <<Nos hará bien guardar un poco de silencio para escuchar a Dios que nos habla con ternura”

¡Feliz Navidad!

Esperar es una actitud contemplativa

Navidad

El tiempo de Adviento es propicio. Propicio ¿para qué? Para saborear el valor de la espera. ¿Qué tiene de bonito saber esperar? Supone destronar a nuestro rey: la necesidad. La necesidad como creencia, no como hecho. La creencia de necesitar algo distinto a lo que es en este momento. Si llueve, que no llueva y si es lunes, que sea sábado.

La espera del Adviento es sinónimo de confianza. Esperar es llenarse de plenitud contemplativa. Lo que veo, con los ojos del corazón, me llena y satisface completamente.

Hoy el Evangelio nos narra de nuevo la anunciación a María. También las lecturas de la misa recogen la profecía del Enmanuel del profeta Isaías. Ambas manifestaciones hablan de un futuro, de un nacimiento, de un vástago que traerá paz y sabiduría al mundo. Pero tanto María como Isaías, de momento, tienen que lidiar con su realidad. María: comunicarle a su esposo que espera un hijo en circunstancias inexplicables. Isaías: tratar de despertar la piedad y al conciencia de un rey increyente, Acaz, en medio de guerras y grandes tribulaciones. Ninguno lo tenía fácil, sin embargo su espera estaba llena de luz. Y la luz penetra en el momento ordinario, tal y como es, desapareciendo la necesidad (la creencia de necesitar) que las cosas sean diferentes a como son, en este instante.

Dice Mariá Corbí:

Quien silencia la necesidad, calla al constructor.
Por consiguiente quien silencia al deseo, el vocero de la necesidad, calla al constructor.
Callar al constructor es silenciar el mundo.
Silenciar el mundo es silenciar la dualidad.
Silenciar la dualidad permite acceder a “eso no-dual” que todo es.

En ese silencio del mundo, se oye la voz del ángel Gabriel: “Alégrate llena de gracia…”. Alguien podría replicar ¿y por qué habría de alegrarse? En realidad, no hay “razón alguna” pero la poca o mucha experiencia nos dice que ese silencio, esa abertura a la confianza que somos, nos lleva a la plenitud y a la alegría. Y la necesidad (de que todo hubiera sido distinto) desaparece.

La isla de Tambo, al fondo, planeando sobre la Ría blanca en un día blanco nos conduce a eso mismo.

La intención de hacer silencio y la gracia del silencio

aqui

La Constitución nº 24 de la Orden Cisterciense de la Estrecha Observancia dice:

El silencio se considera como uno de los valores más peculiares de la Orden; asegura al monje la soledad en la comunidad; favorece el recuerdo de Dios y la comunión fraterna; abre la mente a las inspiraciones del Espíritu Santo; estimula la atención del corazón y la oración solitaria con Dios. Por tanto, en todo tiempo, pero sobre todo en las horas nocturnas, esmérense los hermanos en ser fieles al silencio, custodio de las palabras e incluso de los pensamientos.

El silencio es la puerta a la intimidad con uno mismo. Intimidad que no encierra (¿no enclaustra?) sino que es camino, vía de relación. De relación nueva con el entorno y con el otro. El silencio purifica la visión. Dejamos de ver proyecciones y fantasías. Comenzamos a ver y a convivir con la realidad.

El silencio es una forma de compromiso vital. “Hago silencio”. Pero el más precioso silencio, la quietud de los sentidos, el acallamiento de la mente, la percepción clara es, sin duda, una gracia.

En todo caso, quererse a uno mismo, lleva consigo hacer lo que esté en nuestra mano para vivir con más verdad. Meditar, provocar la llegada del silencio, es una de esas vías. Dice Pablo D’Ors en una entrevista concedida a la revista Alandar:

Para meditar es muy importante tener la determinada determinación de hacerlo; lo difícil no es meditar sino querer meditar. Esto significa que se trata de escuchar y de obedecer ese anhelo interior de plenitud que sentimos.

Meditatio, en latín, significa “estar en el centro”, de modo que meditar es algo así un peregrinaje al propio centro. Contemplar, en cambio (de contemplatio, también del latín) significa “permanecer en el templo”. Para los creyentes, nuestro centro es un templo, lo que quiere decir que es un lugar sagrado, donde habita el Espíritu, Dios, el “huésped del alma”, por decirlo en clave poética. Los no creyentes, por su parte, dirán que ahí habita el misterio del ser. Pero es indiferente el lenguaje que utilicemos porque la experiencia es la misma; se trata del encuentro con lo profundo de nosotros mismos.

Y, ¿qué va encontrando uno en ese camino? Lo primero, la lucidez. El principal problema del mundo occidental es, en mi opinión, la complejidad mental: tenemos muchas palabras en la cabeza y el corazón. En la meditación se opera un proceso de simplificación y esto es necesario porque la simplicidad es la necesidad básica primordial. Cuando tienes la mente sencilla, el primer efecto es el de la lucidez o clarividencia, es decir, la capacidad para discernir mejor. Correlativamente, tienes más coraje en el hacer. Por fin, cuando se actúa lúcida y valientemente, el fruto que brota es el de la alegría interior. La alegría proviene de que por fin eres lo que estás llamado a ser y haces lo que estás llamado a hacer. Eso produce una alegría incomparable.

Esto, los primeros monjes del desierto ya lo sabían. Nosotros, hemos perdido un poco de vista lo estimulante que es el silencio, lo maravillosa que puede ser la pasiva receptividad. Esa percepción de que no hay nada que hacer ni ningún lugar al que ir. Simplemente ser.

Cada ser humano es amor y tiene una dignidad

fin

Durante nuestras sesiones mertonianas nos enteramos, a través de un correo electrónico de Jim Forest, de que el maestro zen Thich Nhat Hahn se encontraba hospitalizado. Las vidas de Thomas Merton y Thich Nhat Hahn se cruzaron en plena guerra del Vietman. Un monje norteamericano y un monje vietnamita unidos por la paz.  Su visión común de una espiritualidad comprometida ha provocado, a lo largo de los años, una profunda revisión de ambas tradiciones contemplativas.

El 2 de diciembre, el Papa Francisco invitó al maestro Thich Nhat Hahn y a otros líderes religiosos de todo el mundo para unirse en un fin común: lograr la abolición de todas las formas de esclavitud moderna. Para el Papa: “La esclavitud de seres humanos humilla a Dios”. A su vez, la hermana Chan Kong, en nombre de Thich Nhat Hahn, manifestó:

“[…] Está muy claro que en esta era de globalización lo que le ocurre a uno de nosotros nos ocurre a todos. Todos estamos interconectados y todos somos corresponsables. Pero aún con la mejor voluntad, si nos dejamos llevar por las preocupaciones sobre necesidades materiales o consuelos emocionales, estaremos demasiado ocupados para llevar a cabo nuestra común aspiración.

La contemplación debe ir de la mano de la acción. Sin una práctica espiritual, abandonaremos nuestro sueño rápidamente.

Cada uno de nosotros, de acuerdo con la enseñanza de su propia tradición, debe practicar el tocar profundamente las maravillas de la naturaleza, las maravillas de la vida en cada uno de nosotros, el Reino de Dios en cada uno de nosotros, la Tierra Pura, el Nirvana en cada uno de nosotros, para que podamos recibir la sanación y el alimento, la alegría y felicidad que nacen de la visión profunda de que el Reino de Dios ya está disponible en el aquí y el ahora. El sentimiento de amor y admiración por la naturaleza, que todos compartimos, tiene el poder de nutrirnos, unirnos y eliminar toda separación y discriminación.

Al estar en contacto con todo lo que es refrescante y sanador, nos podemos liberar de nuestras preocupaciones de obtener comodidades materiales, y tendremos mucho más tiempo y energía para realizar nuestro ideal de traer libertad y compasión a todos los seres vivos. Como dice el Evangelio: <<No andéis preocupados pensando qué vais a comer o a beber o con qué os vais a vestir; buscad primero el Reino de Dios y su justicia y todo eso se os dará por añadidura. No os preocupéis por el mañana porque el mañana se preocupará de sí mismo>>.  

En nuestro trabajo para acabar con la esclavitud moderna, tenemos que encontrar tiempo para cuidarnos a nosotros mismos y cuidar del momento presente. Haciéndolo, podremos encontrar una relativa paz en nuestro cuerpo y mente para continuar con nuestro trabajo. Necesitamos reconocer y abrazar nuestro propio sufrimiento, nuestro enfado, miedo y desesperación de modo que podamos mantener la energía de la compasión en nuestro corazón.  A medida que tengamos mayor claridad mental, tendremos compasión, no sólo por las víctimas sino también por los traficantes. Cuando vemos que los traficantes han sufrido, podemos ayudarles a despertar y detener sus actos. Nuestra compasión puede ayudar a convertirlos en amigos y aliados de nuestra causa.

Para mantener nuestro trabajo por la compasión, necesitamos una comunidad espiritual que nos sostenga y proteja – una comunidad verdadera, donde se viva la fraternidad y sororidad, la compasión y la comprensión. No deberíamos hacer este trabajo como el llanero solitario. Las raíces de la esclavitud moderna son profundas y las causas y circunstancias, las redes y las estructuras que la soportan, complejas. Por eso necesitamos construir una comunidad que pueda continuar la obra de proteger la vida humana, no ya hasta el 2020, sino mucho más allá.

Vivimos en un mundo globalizado y también lo es esta nueva forma de esclavitud, que está conectada con los sistemas económicos, políticos y sociales. Por ello, nuestra ética y nuestra moral también deben ser globalizadas. Un nuevo orden global apela a una nueva ética global. Tenemos que sentarnos juntos, como personas provenientes de muchas tradiciones, tal y como estamos haciendo ahora, para encontrar las causas de este padecimiento. Si miramos profundamente todos juntos, entenderemos las causas de la esclavitud moderna, y podremos encontrar una salida”.

Son sencillas las palabras de Thich Nhat Hahn. La verdad es simple. Con simplicidad y contundencia se expresa también el Papa Francisco:

Cada ser humano, hombre, mujer, niño, niña es imagen de Dios, Dios es Amor y libertad que se dona en relaciones interpersonales, así cada ser humano es una persona libre destinada a existir para el bien de otros en igualdad y fraternidad. […] Todos somos reflejo de la imagen de Dios y estamos convencidos que no podemos tolerar que la imagen del Dios vivo sea sometida a la trata más aberrante.

Aprovecha la lluvia de hoy, refresca tu mirada, mira profundamente y goza con cada encuentro libre de manipulación. Sólo un interés directo: el bienestar de quien tienes delante. Puedes empezar ahora, puedes comenzar por ti. Sonríe.

¿A qué huele aquí?

David

Greg Boyle es un jesuita norteamericano que trabaja en el barrio más conflictivo de los Ángeles. Además de atender su parroquia, dirige la institución “Homeboy Industries” cuyo objetivo es ofrecer un futuro a chicos y chicas pertenecientes a bandas criminales. También es autor de un libro: “Tatoos on the heart” (tatuajes en el corazón, el poder de la compasión sin límites).

Desde hacía tiempo, sus feligreses se venían quejando del hedor en la iglesia. El Padre Greg, cada noche, abría el templo para acoger a cientos de “sin techo”. Por las mañanas, los voluntarios se afanaban en dejarlo todo limpio pero, aún así, no conseguían hacer desaparecer los malos olores.

En la misa del domingo, el Padre Greg vio que había llegado el momento de poner la cuestión sobre el tapete y en medio de la homilía, preguntó:

¿A qué os parece que huele la iglesia?

Todo el mundo se quedó cortado y nadie dijo nada, hasta que después de un tiempo, una mujer espetó:

¡Huele a pies!

Y entonces se produjo una batería de preguntas y respuestas entre el Padre y la feligresía:

Padre Greg – ¿Y por qué creéis que huele a pies?

Feligreses – Porque aquí duermen muchos “sin techo” cada noche

Padre Greg – ¿Y por qué dejamos que suceda algo así?

Feligreses – Porque nos hemos comprometido a ello

Padre Greg- ¿Y a quién se le ocurriría comprometerse a algo así?

Feligreses – ¡A Jesús!

Padre Greg – Entonces ¿a qué huele la iglesia ahora?

Feligreses – ¡Huele a compromiso! (muchas sonrisas y carcajadas de alivio) ¡Huele a rosas!

Hoy el evangelio nos dice que acudió a Jesús mucha gente “llevando tullidos, ciegos, lisiados, sordomudos y muchos otros; los echaban a sus pies y el los curaba”.

¿A qué huele el Evangelio? ¡A compromiso!…a tu perfume favorito.

Greg no es el de la foto. El de la foto se llama David. David en Armenteira y con aroma a campo.

La revolución del silencio

El sábado por la mañana nos acercamos al

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Seminario Mayor de Vigo para asistir a la I Jornada de la recién estrenada Escuela de Evangelización de la Diócesis de Tui-Vigo.

El delegado de la Pastoral Juvenil, el sacerdote Alberto Montes, nos hizo el honor de invitarnos para compartir con los jóvenes nuestra experiencia de silencio y oración alrededor de la lectio divina, una lectura meditativa y reposada de la Palabra de Dios.

El lema de este primer encuentro era: “La revolución de la fe” tomando como punto de partida las palabras del Papa Francisco en Argentina, cuando afirmó ante unos periodistas que la fe es revolucionaria.

Cuando Alberto nos dio cancha libre para desarrollar el aspecto que mejor consideráramos en relación al tema propuesto, no lo dudamos: el silencio es revolucionario. Nos dice Isaac Ninivita:

Mientras todo está en quietud, el Espíritu realiza en ella la propia voluntad y no hay ni siquiera oración, sino silencio.

El silencio interior es la forma en la que el ser humano puede consentir realmente a la acción del Espíritu en él. Es la obertura, la concavidad, el vacío perfecto en el que todo es colmado de Presencia.

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El silencio es sin embargo, un bien escaso e insuficientemente apreciado en nuestros días. Pero sabemos que el ser humano, sin silencio, se pierde. Se pierde en el otro, se pierde en las cosas…pero sobre todo, se pierde en su propia mente confusa.

El silencio y la Palabra de Dios, como la higiene de cada día, nos limpian de las adherencias que el ego, personal y colectivo, van dejando en nosotros. El silencio no solo limpia, también libera. Dicho de otro modo, el silencio salva. Lo expresó así San Ambrosio de Milán:

He visto salvarse a muchos gracias al silencio, pero no he visto salvarse a nadie gracias a las palabras.

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Hay dos clases de silencio. El silencio que supone no hablar y el silencio que silencia, que sosiega mente y cuerpo y hace que el ama despierte. Así mismo nos lo contaba San Juan de la Cruz en la Noche Oscura del Alma: “Salí sin ser notada, estando ya la casa sosegada…” Mente y cuerpo silenciados.

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También la lectura bíblica se deja atravesar por el silencio y por la atención amorosa. Seguimos el método monástico propuesto por Guigo II el Cartujo (s. XII) que nos dejó escrito un tratado, la Scala Claustralium, sobre la lectio divina que se sigue utilizando y valorando en nuestros días.

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La Scala cuenta con cuatro peldaños: lectio (lectura), meditatio (meditación), oratio (oración) y contemplatio (contemplación). Y para Guigo son los pasos que nos llevan a Dios. Así, haciendo un paralelismo con el pasaje del Evangelio nos dice:

Buscad leyendo y encontraréis meditando, llamad orando y se os abrirá contemplando.

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La lectura busca la dulzura de la vida bienaventurada, la meditación la encuentra, la oración la pide y la contemplación la gusta. Y sigue: “La lectura pone, por así decirlo, el alimento sustancial en la boca, la meditación lo mastica y tritura, la oración obtiene gustar, la contemplación es la dulzura misma que alegra y reconforta.”

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También nos dice: “La lectura se sitúa en la corteza, la meditación en la médula, la oración en la impetración del deseo y la contemplación, en el gozo de la dulzura obtenida.”

Son palabras un tanto oscuras, desde luego alejadas del “idioma” de los jóvenes, por eso lo que nos interesaba no era llenarles de conceptos sino de experiencia. De Su experiencia.

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Hicimos silencio. Silencio de palabras, silencio en el cuerpo. Leímos una y otra vez el Evangelio del Primer Domingo de Adviento. Caminamos en silencio y sin prisas. Volvimos a la Palabra y saboreamos con atención y cariño todo aquello que salía a nuestro encuentro. Cada uno escogió una palabra del texto…vigilad, velad, discípulos, casa, momento, amanecer…medianoche…atardecer…

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Y las palabras se hicieron vida. Atardecer desde el Castro de Vigo….gracias, gracias, gracias.

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