Nuestras vidas son los ríos que van a dar… a la vida

coplas

Estamos en noviembre, fin del año litúrgico. Los alisos desnudos nos permiten vislumbrar el rosetón románico desde el jardín de hospedería. Castaños y robles aún conservan sus hojas. Son doradas y rojas, según la hora del día.

Ramón Cao, con quien compartimos las sesiones mertonianas, nos dejó un regalo antes de su partida: Las Coplas a la Muerte de Thomas Merton, de Ernesto Cardenal, junto con un estudio del poema, realizado por Ramón, y publicado en la revista Cistercium.

Asombroso constatar hasta qué punto estos versos cósmicos, escatológicos nos han acompañado en este mes pues, en efecto, el mes de noviembre es el litúrgicamente consagrado a la escatología, a la muerte como sentido de plenitud. A lo largo de estas semanas nos dijeron adiós personas queridas para la comunidad. Adiós don José, adiós Eduardo…también nuestro gatito Volmar murió. Quizás mejor, hasta pronto o, más real: hasta siempre.

Una perla de Cardenal que percibe la muerte como algo intrínsecamente natural:

Y natural, como la caída de las manzanas

por la ley que atrae a los astros y a los amantes

– No hay accidentes

una más caída del gran Árbol

sos una manzana más

Tom

La muerte como algo inexorable ¿puede la manzana madura no caer del árbol? pero imbuida del ritmo cósmico: el ritmo de los astros y de los amantes. La muerte, llena de vida “como mangos en este verano de Solentiname amarillando, esperando las oropéndolas” .

No es fácil transmutar la visión que tenemos sobre la muerte. El imaginario colectivo está impregnado de oscuridad, de representaciones tenebrosas. Si pudiésemos vislumbrar que “vivir es para morir y darnos esparciendo vida…como el banano que para dar fruto muere”…

Ellos ya lo saben, nuestros amigos nos lo susurran en el viento del otoño de Armenteira. No hay oropéndolas; sí cuervos y lavanderas y una garza real.

Música y silencio

 

Matilde

Hoy celebramos la memoria de Santa Matilde de Hackeborn. En la comunidad femenina cisterciense de Helfta, en Alemania, en el s. XIII, de la que formaba parte Matilde, se podía saborear una atmósfera de música y silencio. De ambas brotaba una sabiduría humana, que motivaba a las hermanas a penetrar los misterios divinos. Eso es lo que pretendía su dinámica abadesa , Gertrudis de Hackeborn. De ella se cuenta:

Leía la Sagrada Escritura cuanto le era posible con gran atención y admirable gozo, exigía a sus súbditas amar las lecturas sagradas y recitarlas de memoria. Compraba para la comunidad cuantos libros buenos podía o los hacía trascribir por las hermanas (en el escritorio de Helfta). Promovía con gran empeño el progreso de las jovencitas por el estudio de las artes liberales, pues decía. “Si se descuida el interés por la ciencia no comprenderán la divina Escritura y caería por tierra la misma vida religiosa”. Por ello obligaba insistentemente a las jóvenes menos instruidas a dedicarse con más empeño al aprendizaje y les proveía de maestras.

Matilde,  estaba dotada de un gran don para la música y se la representa con un atril y un libro. Entró en el monasterio a los siete años y su hermana, la abadesa Gertrudis de Hackeborn, la nombró maestra del coro, y también era la encargada de la formación de las novicias y del colegio de niñas que había en el monasterio. Aquí entraría a la edad de cinco años, Gertrudis la Magna, y entre ella y Matilde, nacería una relación tan íntima, que se podría decir de ellas que tenían un solo corazón y una sola alma.

El refectorio de Helfta estaba decorado con la figura de la Sabiduría de una de las visones de Hildegarda de Bingen. Es la silueta de una mujer vestida con una túnica toda cubierta de ojos, como decía hoy la primera lectura de la eucaristía: había cuatro seres vivientes con ojos por delante y por detrás (…), con ojos por dentro y por fuera (Ap4,6-8 ). En la Edad Media,ellas practicaban el difícil arte de copistas, cultivaban el estudio de la Sagrada Escritura, del latín y del griego , de la pintura, de la música, la liturgia y la oración personal,…..y todo ello les llevaba a experimentar una viva presencia de Dios y una entretejida vida fraterna.

En el simpático libro de C.S. Lewis, Cartas de un diablo a su sobrino, cuenta que el infierno está invadido por el ruido y que la música y el silencio le dan alergia. ¡Ni que hubiera leído a Matilde!

Merton, Ramón, la lluvia y la puritas cordis

Ramon

Los truenos y relámpagos nos han acompañado estos días. Una semana entera sumergidas en la vida y obra de Thomas Merton, de la mano del profesor Ramón Cao. De vez en cuando, como si estuviese orquestado así, la sala capitular se iluminaba con una descarga eléctrica de la tormenta, justamente después de haber leído algún párrafo sabroso o de haber reflexionado en voz alta sobre alguna perla de este monje inagotable.

En el año 2015 se celebrará internacionalmente el centenario de su nacimiento. En España, sería Ávila, ciudad de la mística, el lugar idóneo para rendirle homenaje, si bien parece que la “competencia” con Santa Teresa, que también cumple años, no permitirá desplegar en toda su amplitud la riqueza del legado de Merton, al menos, de la manera tradicional. Ambos, en el cielo, se estarán divirtiendo mucho a costa de estas rivalidades. Ninguno de los dos andaba escaso de sentido del humor.

Nosotras, por afinidad cisterciense y pura simpatía hacia Thomas Merton, comenzamos  a recordarle hoy y además lo hacemos empezando la casa por el tejado; subrayando algunas perlas de su última conferencia impartida en Bangkok el 10 de diciembre de 1968, horas antes de morir.

Lo esencial de la vida monástica no está vinculado a edificios, a vestimentas, ni siquiera está necesariamente asociado a una regla. Reside en algo más profundo que una regla. Tiene que ver con esto de la completa transformación interna. El resto sirve a este propósito. Tan solo estoy diciendo, en otras palabras, lo que Casiano dijo en su primera Colación sobre la puritas cordis, la pureza de corazón, hacia la que tiende toda observancia monástica. […]

Si por medio del desapego y la pureza del corazón se penetra una sola vez en el secreto interno de la raíz de la experiencia ordinaria, se alcanza una libertad que nadie puede tocar, que nadie puede afectar…[…]

Allí donde se encuentre alguien capaz de dar algún tipo de dirección e instrucción a un pequeño grupo que intente hacer eso, que intente amar y servir a Dios y alcanzar la unión con Él, con toda probabilidad se dará algún tipo de monasticismo. Ese monasticismo no puede extinguirse. Es imperecedero. Representa un instinto del corazón humano, así como un carisma donado por Dios al hombre.

Abrimos el curso hablando del arquetipo monástico al que se refiere Raimon Panikkar en Elogio de la sencillez. Todos llevamos ese instinto en el corazón. Y resulta que podemos descubrirlo.

El hoy es tu casa

llueve

Jesús, en el Evangelio de Mateo, dice: <<No andéis preocupados por vuestra vida, qué comeréis, ni por vuestro cuerpo, con qué os vestiréis ¿No vale más la vida que el alimento y el cuerpo más que el vestido? >>. El sabio tailandés Dhiravamsa ofrece esta otra visión: <<La clave del vivir es sólo vivir en cada momento, sin crisis alguna>>. Podríamos decir, sin preocupación. Jeff Foster, en su boletín mensual, se expresa como si de un asceta del desierto se tratara. Además de otro tipo de prácticas que nos ayudan a llevar una vida ordenada y centrada, la ascesis de los pensamientos, el trabajo de focalizar la mente en el momento presente, es quizás hoy la forma más universal de salir del sufrimiento del apego, de la preocupación por la propia vida :

Es muy fácil olvidar este simple hecho: que no tenemos un futuro juntos.

Que solo tenemos este aquí y este ahora. Nuestra casa, nuestro lugar de descanso, nuestro nido es este momento tal y como es. En nuestra experiencia directa, es todo lo que hay. Nuestros pensamientos actuales, sonidos actuales, olores actuales, las sensaciones actuales del cuerpo. Los recuerdos actuales, los sueños actuales…apareciendo todos en esta inmediatez.

Para el ego, todo esto puede sonar muy deprimente – ¡no existe el tiempo! Pero reconocer la total preciosidad, la singularidad y la sutil fragilidad de este momento, nos libera de la necesidad de poseer o controlar a otros para poder ser felices! Todos hemos sido llamados a reconocer la fuente de la verdadera felicidad – que es nuestra verdadera propia presencia. No se necesita buscarla. No se necesita el tiempo. Solo la voluntad de desacelerar un poco y mirar…

La sanación siempre implica el coraje de dejar atrás las esperanzas y fantasías del ayer, de permitir que el ego se haga añicos en el silencio, de sostener el corazón con toda ternura mientras se deshace y abre. Y de volver al hoy, al lugar donde la vida se desarrolla, el suelo fértil en el que la gratitud crece…

El hoy es tu casa, amigo, amiga – el único día que importa, el único día que vivirás.

Estate aquí, hoy.

Hoy…llueve en Galicia, llueve sobre el tejado rojizo de este pequeño monasterio, llueve sobre la cabeza al darles de comer a los gatos. Como cada gota de agua, serenamente, se desvanece toda preocupación.

Experimentarse como la vida misma

fieles

Willigis Jäger, ex monje benedictino y maestro espiritual escribió un libro sobre la enfermedad y la muerte. En realidad, se trata de un libro sobre la Vida y en un día como hoy, en que conmemoramos a los fieles difuntos, es bueno resaltar que Jesús dijo <<Yo soy el camino, la resurrección y la vida. El que cree en mi aunque muera vivirá>> (Jn 11, 25). Pero para bien morir, es decir, para perder el miedo a la muerte hace falta conectar con una fuente de sabiduría que nos prevenga de los mensajes que nos dispensa nuestra cultura actual. Dice Willigis:

La muerte clínica se puede definir a partir de varios criterios: el cese de la actividad cerebral, de la respiración o del latido cardíaco. La definición depende del punto de vista que la sociedad tenga del morir y de la muerte. En nuestra sociedad ya muchas veces no se muere de muerte natural. La técnica se convierte en señor sobre la vida y la muerte. Se la venera como a un dios. […]

Por mantener una postura errónea respecto a nuestro período de vida también tenemos una postura errónea respecto al trance de la muerte. […] Tan solo vence el miedo (a la muerte) la persona que se experimenta como la vida misma, la vida que prospera y se desvanece en toda estructura. Quien se experimenta como esta vida es capaz de desprenderse de la estructura correspondiente. Esta caerá cual hoja marchita.

Una actuación médica que va enfocada sobre todo a prolongar la vida, fracasará de cara a la muerte, mientras que aquella que tiene en cuenta a la muerte será capaz de prestar ayuda en el trance de la muerte. La convicción religiosa supone una base para la ayuda y la curación.

Quizás llegue alguna vez el día en que las personas conviertan la muerte en una fiesta, igual que ocurre con el nacimiento a esta existencia nuestra.

Hoy recordamos a nuestros seres queridos que nos han precedido en el paso hacia lo que llamamos vida eterna. Son los que ya rompieron la crisálida y vuelan con sus alas de mariposa. Su forma anterior ya no existe pero la vida, la Vida que ellos son, no puede morir.

Todos santos

En esta mañana de fiesta en que celebramos el poder del bien sobre el mal, de la vida sobre la muerte, las palabras del dominico Fray Marcos nos hacen revivir las verdades del Evangelio: “Los matemáticos dicen que la distancia de cualquier número, por grande que sea, al infinito, es siempre infinita. Para Dios todos somos iguales, no hay posible distinción. ¿Qué sentido tiene entonces el marcar las diferencias entre unos y

santos

otros? La fiesta de “Todos los Santos”, entendida como diferencia de perfección entre los seres humanos no tiene mucho sentido. Por eso le he cambiado el título y he puesto: “Todos santos”; aunque también podía haber puesto “Todos pecadores” y sería exactamente igual de cierto. Para Dios no hay diferencia ninguna, porque nos ama a todos por lo que Él es.

Si por santo entendemos un ser humano perfecto, significaría que ya ha llegado a su plenitud y por lo tanto se habrían acabado sus posibilidades de crecer. Pero su verdadero ser, y por lo tanto su perfección, nada tiene que ver con su biología o con su moralidad. A esa parte de nuestro ser no afectan las limitaciones, sean del orden que sean. Es una realidad que permanece siempre intacta. Descubrir, vivir y manifestar ese verdadero ser, es lo que podíamos llamar santidad.

Cuando creemos que para ser santo tenemos que anular los sentidos, reprimir los sentimientos, machacar la inteligencia y someter la voluntad, nos estamos exigiendo la más torpe inhumanidad. La plenitud de lo humano solo se alcanza en lo divino, que ya  está en nosotros. Vivir lo divino que hay en nosotros es la meta de lo humano. El verdadero santo no es el perfecto. El santo nunca descubrirá que lo es. Por favor, que nadie caiga en la tentación de aspirar a la “santidad”. Aspirad solo, a ser cada día más humanos, desplegando el amor que Dios ha derramado en vuestro ser. […]

Todos somos santos, porque nuestro verdadero ser es lo que hay de Dios en nosotros;  aunque la inmensa mayoría no lo hemos descubierto todavía, y de ese modo, tampoco podemos manifestar lo que somos. Somos santos por lo que Dios es en nosotros, no por lo que nosotros somos para Dios. La creencia generalizada de que la santidad consiste en desplegar las virtudes morales, no tiene nada que ver con el evangelio. Recordemos: “Las prostitutas y los pecadores os llevan la delantera en el reino de Dios”. Para Jesús, es santo el que descubre el amor que llega a él sin mérito ninguno por su parte. La perfección moral en consecuencia de la santidad, no su causa. […]

En la celebración de este día, no tenemos que pensar en los “santos” canonizados, ni en los que desarrollaron virtudes heroicas, sino en todos los hombres que descubrieron la marca de lo divino en ellos, que les empuja a mayor humanidad. No se trata de celebrar los méritos de personas extraordinarias, sino de reconocer la presencia de Dios que es el único Santo, en cada uno de nosotros. El merito será siempre de Dios. “

 

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