Donde hay amor, hay sabor

 

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¿Queréis que ayunen los amigos del novio mientras el  novio está con ellos’”. Ayunar es quedarse sin sabor; es renunciar, al menos temporalmente, a paladear con gusto las esencias que el propio corazón extrae al digerir en su interior la Palabra. En la introducción a las obras completas de San Bernardo, escribe Juan Mª de la Torre: “El gusto se deriva de una sensación de dulzura que siente el alma en su interior de forma muy especial e incomunicable”. Esta capacidad de gustar la vida como es, de saborear los pequeños detalles cotidianos en toda su plenitud nace de una certeza: somos amados. Solo el amor percibido (experimentado) como Realidad fundante de nuestra vida nos permite adentrarnos en el reino de la abundancia, de la plenitud. Dice el salmista: “al despertar me saciaré de tu semblante”. Si despertamos del sueño de la necesidad (el ayuno) y reconocemos que la vida, tal y como se presenta en este preciso instante, puede saciar todas nuestras aspiraciones, entonces descansaremos, gozaremos…degustando el auténtico sabor de lo Real pues “donde hay amor no hay fatiga, hay sabor”.  San Bernardo de Claraval

 

Icono de compasión

Karen Armstrong en su magnífico libro “Doce pasos hacia una vida compasiva” dice que “el icono de la madre María y del niño Jesús es una expresión arquetípica del amor humano.” También describe ese amor maternal como “desgarrador, así como gratificante” y reconoce la autora que “exige resistencia, fortaleza y un alto grado de desinterés.” Es un amor profundamente compasivo.

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Las personas que practican la compasión descubren que tienen una claridad nueva y experimentan un estado de ser notablemente intensificado. Son también un icono, una ventana, de la compasión de Dios, de sus entrañas misericordiosas.

La contemplación del icono o el rezo cantado ante la Virgen nos ayuda a trascender los estrechos límites del yo y a atisbar la fuerza de un corazón desprendido de todo autocentramiento.

Cada noche, las monjas y monjes de la Orden del Císter, terminamos el día entonando la Salve, despidiéndonos de las sombras del ego y abrazando la luz nocturna de la compasión; esa que desprende la Estrella, María.

Ser como el agua

“Cuando seas convidado vete a sentarte en el último puesto”. Jesús describe en esta parábola la actitud del santo, como arquetipo del ser humano. Para ello utiliza los fuertes contrastes entre el auto-enaltecimiento, la auto-adoración del “yo” y la humildad, la transparencia del ser. Sin embargo, en palabras del teólogo Hans Urs von Balthasar, esa humildad, esa diafanidad del ser, no se puede “adquirir”, ni procurar. Cierto: el ego que busca disminuirse acaba fortaleciéndose. La humildad en cambio sucede sin que la persona humilde siquiera lo sepa. Ya lo dijo Elie Wiesel: “los santos tienen la desconcertante costumbre de hacer todo sin ruido”. Su humildad es como el agua clara.

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En la tradición taoísta china, el Tao Te King (el libro del camino y de la virtud) recoge una descripción de la santidad muy semejante a la que hace Jesús: “La bondad suprema es como el agua, que favorece todo y no rivaliza con nada. Ocupando la posición despreciada por los demás, está muy cerca del Tao. Su posición es favorable. Su corazón es profundo. Su palabra es fiel. Su gobierno está en perfecto orden. Cumple sus tareas. Trabaja infatigablemente. No rivalizando con nadie, es irreprochable”. Sí…Ocupando la posición despreciada por todos, “el último puesto” está muy cerca del Tao (de Dios). Su posición es favorable, “amigo, sube más arriba…porque todo el que se humilla será enaltecido”.

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